
La lluvia antes de caer, de Jonathan Coe
Recuerdo que, hace un tiempo, cuando todavía una de las redes sociales más importantes de la época era el Fotolog, yo hice una entrada porque un título había conseguido captar, con un par de frases, aquello que yo estaba viviendo en aquellos instantes. Viajando en el tiempo – y, por extensión, en los recuerdos – llego a una edad en la que las turbulencias hacían acto de presencia y ciertas tormentas intentaban contenerse en un pequeño vaso que, como era lógico, se rompió y me hizo comprender que la madurez había llegado, de improviso, casi sin haberlo previsto por mucho que me lo dijeran todos a mi alrededor. Pero no se trata de mí, sino de ese libro, de La lluvia antes de caer que contribuyó a aumentar mi pasión por la literatura y que me hizo comprender que aquello que yo quería ser, aquello que yo necesitaba vivir, podía encontrarse en las páginas de un libro, escrito con tanta delicadeza y tanta pasión que era imposible que yo no quedara marcado de alguna manera. Son esas pequeñas cicatrices las que traigo hoy porque, como es evidente, hablar de un libro así vuelve a abrir algunos momentos y los recuerdos se convierten en esa espada que pende sobre nuestra cabeza y nos enseña que, en un solo instante, es posible volver a caer, como la lluvia que espera ese momento, ese instante antes de mojar las cabezas de las personas que, sin pensarlo, han salido a casa sin el paraguas y acaban empapadas, rotas por dentro, y ateridas de frío en un mundo lo suficientemente violento como para que no sean capaces de sobrevivir a un nuevo temporal.
La vida de una generación de mujeres repartidas en veinte fotografías que, con la voz de Rosamund, nos encierra la perfecta imagen de unas vidas marcadas por la culpa y el remordimiento, en un mundo cambiante y que agoniza, a pesar de todos nosotros.