
Los proyectos Manhattan 3, de Jonathan Hickman y Nick Pitarra
El actual panorama en el mundo de las novelas gráficas y los cómics – porque aunque no lo parezca, entre los dos conceptos hay diferencias – me hace preguntarme siempre por qué he tardado tanto tiempo en meterme de lleno en este universo. Puede que fuera por todos esos discursos que escuché en los que este tipo de publicaciones se tachaban de lecturas para niños o que, simplemente, eran para personas raras – entendiendo el término “raro” como alguien del que había que alejarse a toda costa -. Eso es lo que se llama, de toda la vida, prejuicio. Y como yo, que nunca he pretendido que este tipo de cosas sean las que dicten lo que yo debo o no debo leer, me metí en este mundo del que ya no he podido salir por recomendación de otros libreros de confianza o porque, simplemente, un buen día decidí abrir uno de ellos y ya no pude parar. En cualquier caso, y sea como fuera, descubro con estupor y satisfacción una serie como son Los proyectos Manhattan como si yo fuera un niño con zapatos nuevos – qué tiempos aquellos en los que todavía importaban esas cosas – y que en esta tercera entrega se supera y nos trae un relato que ahonda mucho más en lo que ya nos contaran los dos volúmenes anteriores y que trae mucho más mala leche, más ciencia – igual a maldad en estado puro – y otras muchas conspiraciones que no desvelaré para no aguarle la fiesta a nadie, pero que ponen el punto perfecto a una historia que parece escrita estando puesto de ácido lisérgico y que es todo un desafío para los sentidos que nos anclan a esta realidad tan, llamémosla de una forma políticamente correcta, aburrida.

