
Jagannath, de Karin Tidbeck
Los pasos que se siguen a la hora de empezar una lectura son inexplicables. De repente, como por el juego de un azar exquisito, un libro aparece de improviso y se convierte en todo aquello que habías buscado. Son pocos, se cuentan con los dedos de una mano, pero cuando hacen acto de presencia sólo te queda arrodillarte, rendirles pleitesía, y continuar el viaje que has comenzado con él como si fuera lo último que fueras a hacer en tu vida. Jagannath, para todos aquellos que me leen ahora mismo, no es un libro cualquiera, porque si lo fuera yo no hubiera empezado a hablar de él de esta manera. Lo que tengo entre manos es un gran Zeus, sentado en el Olimpo (de los relatos, en este caso) que rayo en mano dispone las piezas en el tablero de la humanidad para jugar con los que viven en él. Y es que, como si fueran pequeños cuentas formando un collar de perlas, de aquí no saldremos indemnes, nos convertiremos en otros muy distintos, cada vez que un punto y final aparezca diciéndonos que ya hemos terminado, que empieza otro nuevo cuento, otro nuevo relato, que nos deparará quizás un nuevo universo. Son las consecuencias de leer pequeñas obras maestras, que aparecen de la nada, que aparecen por arte de editoriales como Nevsky que continúan con la andadura de unir a lectores y libros, en una suerte de hermandad que pocas veces tiene tanto éxito. Me pregunto cómo se llega, cuál es el camino que nos lleva a tropezar con libros que nos cambian por dentro, porque todo eso implica que, siendo distintos, podremos ser mucho mejores. Como lo es este libro que no me saco de la cabeza.