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El festín de John Saturnall

El festín de John Saturnall, de Lawrence Norfolk

Milord, los malvados crecen como la hierba y el
hombre virtuoso florece y se alza como una palmera..

De las muchas imágenes tristes que anidan en el catálogo de melancolías que es el imaginario colectivo, no creo que la menos dolorosa sea la de la contraportada de un libro que ha emocionado al lector cerrándose sobre éste dejándole tanto un vacío como una criatura llamada a crecer en su memoria. Se suele asimilar el disfrute de un libro a la velocidad con la que se lee, a la dificultad para dejarlo y su capacidad para restarle horas al sueño, pero hay otro índice del disfrute lector que es para mí más ilustrativo: cerrar el libro cada poco, releer párrafos por gusto, leérselos a los demás, cualquier cosa que sirva para retrasar el temido momento en que haya que pasar la última página y tener que lidiar con un vacío complicado de manejar, aunque en este caso particular se puede contar con un aliado de excepción: la cocina

La cocina en la que se preparan alimentos o la cocina en la que se confitan los afectos, porque da la sensación de que Lawrence Norfolk cocina como escribe, para su mujer según reza la dedicatoria (imposible no sentirse identificado), pero también escribe como cocina, esto es, a fuego lento. El festín de John Saturnall ha tardado doce años en estar listo, y tanto para el lector que lo devore como para el que lo deguste, son doce años muy bien invertidos, porque el plato está en su punto justo. Pínchelo en el muslo y brotarán jugos claros. La literatura, como la cocina, sólo sabe de un plazo: el necesario.

Los reyes erigen sus estatuas y los eclesiásticos construyen catedrales. Un cocinero no lega monumentos, sino migajas. Sus creaciones más singulares son víctimas de los estropajos de las fregonas. El destino de sus platos más gloriosos es ir a parar al cubo de la basura. Sigue leyendo El festín de John Saturnall