
Joker, de Brian Azzarello y Lee Bermejo
Si yo viviera en Gotham y tuviera que decidir con quien casarme y embarcarme, lo haría con Joker. Llamadme loco, pero el villano por excelencia del caballero oscuro, de Batman para más señas, ejerce sobre mí, en cada nueva historia que se acerca a su psicología, una atracción que linda con la obsesión más absoluta. Disfruto del personaje, le rindo pleitesía a pesar de que sus actos vayan encaminados a sembrar el terror y cada vez que un nuevo cómic hace acto de presencia, yo caigo rendido a sus pies y venero el suelo sucio y lleno de mierda por el que sus botas y su risa diabólica pasa. Por eso, si yo viviera en Gotham, tendría como maestro a Joker sin dudarlo, aun sabiendo que voy a acabar, muy probablemente, con un tiro en la cabeza o más loco de lo que ya estaba por tomar esa decisión de unirme a su séquito de pobres hombres. Puede parecer obvio decirlo después de este monólogo que me he marcado yo solito, pero los personajes que son el reverso de los héroes ejercen siempre una admiración o animadversión que mucho tiene que ver con nosotros mismos. Por tanto, ¿seremos nosotros Joker o cualquier otro villano? ¿por qué el payaso que ríe y mata nos produce tanta obsesión? ¿es un trastorno nuestro o es una simple consecuencia lógica? No lo sé. Lo único que tengo claro es que yo he caído ya bajo el influjo, sin drogas que me hayan hecho perder la razón de por medio, de un personaje sádico y estrambótico que no vive en la realidad sino en el más puro de los infiernos. Pues bien, yo, me quemo con él.

