
La ciudad de N, de Leonid Dobychin
Hay varias formas de describir una novela. Se puede hacer como un gran cuadro, hablando de su globalidad, de lo que implica en su contexto, en toda su magnitud. Otra es hablar de los pequeños detalles, esos que en ocasiones aparecen tras una fina cortina pero que son los que dan importancia a lo que se nos quiere contar. Por último, para mí, se puede hablar de lo que nos mueve por dentro, de aquello que nos hace sentir, más allá de resúmenes que no tienen mucho sentido, aplacando los sentimientos a través de las letras. Pero sucede una cosa curiosa con La ciudad de N y es que, por mucho que yo lo intente, las tres formas de describirla se unen siempre entre sí, revolviendo el cajón que yo guardo en mi cabeza, y convirtiéndola en una pequeña joya que llevarse a la boca, a la mente, al cuerpo, y que contradice todas esas normas de estilo que, presumiblemente, tiene que tener una reseña para ser considerada como tal. En realidad, yo nunca he sido un hombre de mucha norma, así que encontrar la oportunidad de hablar de una obra como esta me da la posibilidad de perderme por mi propio lenguaje, compartiendo con todos vosotros el momento de la lectura en crudo, desde las vísceras, mientras la piel se aja por el tiempo de fuera y mis dedos teclean con la furia de un redactor que no puede callarse lo que ha vivido.
La vida de un niño que, mientras va creciendo, va observando como aquello que es su realidad va sucediéndose y convirtiéndole en el hombre que, en un futuro, llegará a ser. Sucesos en apariencia desordenados pero que contribuyen a la forja de un joven sin que él mismo lo sepa.