
La segunda vida, de Matías Candeira
Ilustrado por Javier Jubera
¿Pueden los libros convertirse en exquisiteces? ¿Es posible que, por caminos del azar, las lecturas acaben siendo una especie de visita a un gran cuadro, esos que dejan sin aliento? ¿Son pequeñas obras de arte, los libros, cuando caen en nuestras manos y los abrimos? Soy del convencimiento que, cuando un libro te dice algo, ya sea por una palabra, una imagen, una frase, o simplemente el sonido que sus páginas – de calidad sumamente cuidada -, tienes que abrazarlo como si fuera un pequeño tesoro, una de esas joyas que, sin encontrarlas todos los días, acaben salvando la distancia que se encuentra últimamente entre lector y lectura, creando un puente que no se caerá por mucho que los terremotos intenten echar por tierra el trabajo de creación. La segunda vida, que puede haber pasado desapercibida para vosotros en las estanterías de las librerías, es eso. Una pequeña joya. Un trabajo que devuelves fe y convierte la experiencia del libro en un nivel distinto, ese que a veces se logra simplemente con una noche de sexo, ese tipo de sensación que deja algo bueno, lo de verdad. Y puede que en el fondo sea que esta historia, que en su contenido refleja lo bien que se escribe en nuestro país y que yo tenga la necesidad de compartirlo con todo el mundo. Será eso, y no otra cosa, porque al fin y al cabo comparto estas emociones según van pasando los días, a pesar de las horas que se consumen mientras yo voy pasando páginas, mientras voy descubriendo nuevos autores, mientras voy desgranando lo que yo siempre pensé: me falta mucho por descubrir y no sé si me dará tiempo a dar con todo.
Un cartero llega a un edificio el día que le cambian de ruta. Allí descubrirá a una mujer, Helena Ribas, que le hará verse obligado a entrar en las vidas de los inquilinos de ese edificio que, como reza la inscripción que lo contiene, aquí viven hombres y mujeres que no necesitan el mundo.