
Apaches, de Miguel Sáez Carral
No somos nada y lo somos todo. En un instante, como si se tratara de una pequeña piedra que sale rodando cuesta abajo, nuestra vida puede cambiar y convertirnos en algo que no habíamos pensado que seríamos. Cambiar de capítulo y observar que las páginas nos han hecho cambiar de rumbo y que ya nada vuelve a ser lo mismo. Nosotros no lo sabemos, pero ese punto de inflexión, ese caer del precipicio y estamparnos contra el suelo, es lo que nos hará despertar del letargo de la cotidianidad. Avanzar o retroceder, da igual, lo que se ha alterado ya nunca podrá volver a ser lo que fue en su momento. Apaches es como el humo que queda tras el disparo, como la puerta del armario que se queda abierta enseñando las intimidades, es como una caja que se encuentra tras largo tiempo perdida. Es lo que necesitamos, pero que nos da miedo reconocer. Porque en el interior de cada uno existe una dualidad, existe una cara y una cruz, y elegir el lado que nos define sólo está en nuestra mano. Porque no hay caminos de baldosas amarillas, aquí lo que hay es asfalto que tragarnos. Y así, según los capítulos avanzan y llegamos al punto y final, nos daremos cuenta que lo que nos encontremos nos ha formado, nos ha creado, nos ha devuelto a aquello que no debimos perder nunca: ser nosotros mismos, a pesar de todo.
Miguel tiene una vida normal. Un buen día, descubre que su padre ha sido estafado por sus socios. Comenzará así una espiral de atracos y muertes con su viejo amigo Sastre para restaurar aquello que les ha sido robado. Todo marcha bien hasta que entra en escena Carol, una mujer que puede arruinarlo todo o hacerle el hombre más feliz del mundo.