
Cosmicómic, de Amedeo Balbi y Rosano Piccioni
El universo fue lo suficientemente desconocido como para que, ciertas personas, se preguntaran qué sucedía en él y cómo eso nos afectaba a nosotros. Esta clase de preguntas son las que aportan a la ciencia el paso decisivo entre algo que permanece estancado y algo que consigue salir a la luz. Siempre, desde bien pequeño, me he sentido atraído por el universo. Estrellas, galaxias, planetas, todo aquello que tenía que ver con ese gran espacio insondable, caía en mis manos y supongo que por eso, hoy, cuando miro al cielo me quedo pensando en lo pequeños que somos, y lo grande que es todo lo demás. Un punto minúsculo entre tanta monstruosidad. Cosmicómic puede parecer precisamente eso: un cómic sobre el cosmos. Y no andaréis desencaminados si lo pensáis así. La diferente fundamental es la parte en la que aprendemos aquellos hombres y mujeres que se pusieron al servicio de la ciencia y que construyeron – porque es así – lo que hoy en día conocemos o, mejor aún, podemos conocer. No me aventuro casi nunca en este tipo de temas porque siempre he presupuesto que los profanos en la materia – más allá de mis lecturas esporádicas sobre el asunto, que son pocas – es mejor que callen cuando no tienen nada interesante que contar, pero sí que hay algo que llama la atención en esta punta del iceberg que es la novela gráfica que traigo hoy que da pie a pensar en todo aquello que se hizo y parece olvidado: detrás de cada descubrimiento, hay un hombre con una historia detrás. Será entonces que, a pesar de ser un libro para adultos sobre el universo, los lectores empatizamos de otra manera y sabemos, en todo momento, que ante lo que estamos es información sobre algo tan enigmático como el universo, pero que también las vidas, el contexto, la situación de los países, tuvo un papel relevante en aquellos momentos en los que, una respuesta u otra, un experimento u otro, podría darnos la respuesta a esa pregunta que nos estábamos haciendo. Porque, al fin y al cabo, lo importante aquí es que la curiosidad no mató al gato sino que, simplemente, lo hizo más listo.