
Profecía, de Sandro Veronesi
Los padres, con su sacralizada posición, pueden albergar en el interior de sus hijos, la oscura decepción de aquél que debe ser ejemplo, pero que en realidad sólo es un titiritero que intenta mover los hilos para que todos vivan a su imagen y semejanza. Esa omnipotencia, el falso imaginario que se desarrolla a medida que crecemos y que se destruye cuando la realidad impone su ley y su verdad, trae aparejada un sin fin de desgracias que, vividas como pequeños accidentes que no tienen solución alguna, caen en las espaldas como una losa que cargar hasta que decidamos que ya está bien, que se acabó la tortura, a pesar de que el fantasma tenga la sombra lo demasiado alargada como para querer cubrirnos indefinidamente. Profecía, como en un juego oscuro del mito del Pigmalión, nos ofrece tres historias en la que los padres buscan su sitio, destruyen las paredes que todo hijo tiene que construir para salvaguardar su intimidad, su propio mundo, sin poder evitar que esos padres, que esas figuras que tan dioses parecen, en realidad sean simples mortales que un buen día decidieron unirse y crear algo nuevo, una nueva vida, pero a los que le gustaría moldear como si de estatuas de arcilla se trataran. Y así, con el movimiento de las manos, se van creando mundos paralelos, líneas que permanecen una al lado de la otra, pero que jamás se tocan, que intentan no rozarse, porque la decepción, el tiempo y la melancolía, han convertido un amor que se cree universal en una nueva y sutil forma de decepción: aquella en la que nosotros hemos dejado de crecer porque no nos han dejado.
Tres escenarios donde las relaciones paterno – filiales son la base sobre la que se sostiene la realidad, todo un universo y, por qué no decirlo, también los cometas que desintegrarán todo en un solo segundo.