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Profecía

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Profecía, de Sandro Veronesi

profeciaLos padres, con su sacralizada posición, pueden albergar en el interior de sus hijos, la oscura decepción de aquél que debe ser ejemplo, pero que en realidad sólo es un titiritero que intenta mover los hilos para que todos vivan a su imagen y semejanza. Esa omnipotencia, el falso imaginario que se desarrolla a medida que crecemos y que se destruye cuando la realidad impone su ley y su verdad, trae aparejada un sin fin de desgracias que, vividas como pequeños accidentes que no tienen solución alguna, caen en las espaldas como una losa que cargar hasta que decidamos que ya está bien, que se acabó la tortura, a pesar de que el fantasma tenga la sombra lo demasiado alargada como para querer cubrirnos indefinidamente. Profecía, como en un juego oscuro del mito del Pigmalión, nos ofrece tres historias en la que los padres buscan su sitio, destruyen las paredes que todo hijo tiene que construir para salvaguardar su intimidad, su propio mundo, sin poder evitar que esos padres, que esas figuras que tan dioses parecen, en realidad sean simples mortales que un buen día decidieron unirse y crear algo nuevo, una nueva vida, pero a los que le gustaría moldear como si de estatuas de arcilla se trataran. Y así, con el movimiento de las manos, se van creando mundos paralelos, líneas que permanecen una al lado de la otra, pero que jamás se tocan, que intentan no rozarse, porque la decepción, el tiempo y la melancolía, han convertido un amor que se cree universal en una nueva y sutil forma de decepción: aquella en la que nosotros hemos dejado de crecer porque no nos han dejado.

Tres escenarios donde las relaciones paterno – filiales son la base sobre la que se sostiene la realidad, todo un universo y, por qué no decirlo, también los cometas que desintegrarán todo en un solo segundo.

La acción de abrir un libro debe convertirse, normalmente, en uno de esos momentos en los que algo casi sagrado está a punto de ocurrir. Nadie al que le guste la literatura, puede decir que no ha vivido uno de esos momentos en los que un olor nuevo hace acto de presencia y le recorre un escalofrío cuando las primeras letras van apareciendo. Tengo que reconocer que, alumbrado por su temática – siempre me han llamado la atención aquellos relatos que tienen en su germen, en su núcleo, una historia de padres e hijos -, agarré Profecía con la mezcla necesario de expectación y “miedo” ante lo que estaba a punto de encontrar. Pero si tratáramos de describir lo que supone este viaje a las letras que nos propone Sandro Veronesi tendríamos que empezar diciendo que su primer relato – que da título al libro – es como una carrera a contrarreloj sobre la sentencia de una muerte segura, donde el tiempo no es nuestro amigo y amplía sus horizontes en su batalla contra nosotros mismos. Pero después, cuando ya el corazón late agitado y el sudor recorre nuestra frente como si hubiéramos hecho el mayor ejercicio del mundo, aparecerán otros dos relatosMuerto por algo y Lo que ha sido será – que rompen el ritmo y permiten que nos relajemos, aunque sea por poco tiempo. Una lectura más pausada en la que un aguijón se clava llenando del veneno, de la imagen que nos han vendido de los padres, y de la muerte como único bote salvavidas, las retinas de un lector que, leyendo entre líneas, conoce los recovecos por los que el autor se mueve y acaba resucitando ciertos fantasmas que pululan como personajes mitológicos.

No existe una razón concreta para que un libro marque una pequeña diferencia. A veces será por su temática, otra por su continente, o simplemente sea por un momento determinado que une dos destinos que parecían irreconciliables. En cualquier caso Profecía coge al lector desprevenido al principio para ponerle en situación al final, aparentando una calma que en realidad es la rabia que se establece cuando el mundo, con sus injusticias, crea el papel de padres a alguien que, nunca, jamás, podrá ser ejemplo perfecto de nada que queramos que nos suceda.

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