
El ser humano es de por sí curioso, lo que le lleva a preguntarse siempre el porqué de todo. Las cosas no pueden pasar porque sí, es necesario hallar respuestas. Pero hay ciertas incógnitas a las que difícilmente les podemos encontrar un por qué: la muerte, principalmente. Las personas mueren a diario, pero ¿a dónde van? ¿por qué ha tenido que morir esa persona y no otra? ¿por qué ha muerto alguien tan joven? Preguntas y más preguntas. Y por eso surgió la religión, para dar respuesta a cuestiones irresolubles. Y hay soluciones para todo tipo de gustos: se ha reencarnado, ha ascendido al cielo, se ha transformado en energía… En el momento en el que todas estas preguntas tengan una solución científica, al traste la religión. Mientras tanto, solo nos queda creer que esas respuestas nos satisfacen. Así dormimos más tranquilos. Así le tenemos menos miedo a la muerte.
Porque está claro que saber la respuesta de alguna incógnita es algo que nos produce alivio y bienestar. Me he presentado a más exámenes de los que puedo recordar y el tema era el mismo siempre: encontrar una solución a la pregunta. A veces era de librillo, de memorieta o de carrerilla. Otras veces no quedaba otro remedio que dejar fluir un lenguaje extremadamente técnico y enrevesado para que no se pudiese percatar el profesor de tu falta de conocimiento de la materia en cuestión. A veces colaba. Pero en realidad yo siempre he necesitado saber la respuesta de todo. No me valen placebos ni hipótesis, tengo que saber el por qué, cuándo, cómo y dónde. No hay más. Así que al leer, sobre todo, el primer ejemplar de la saga Dollanganger, Flores en el ático, mi cabeza se fue llenando de preguntas sin respuesta. ¿Qué hace que una abuela permita que sus cuatro nietos pequeños estén encerrados en un ático durante más de tres años? ¿Qué le ha tenido que pasar en su vida, ¡qué trauma!, para que fuera tan fría y tan gris?
V. C. Andrews fue consciente de que dejaba unos cuantos cabos sin atar desde que comenzara a escribir la saga, así que recompensó a los lectores con una quinta y última entrega donde se resolvían algunas de las incógnitas más importantes de la historia. En realidad no es que sea una quinta parte, sino que Jardín sombrío es una precuela, algo que sucedió muchísimo tiempo atrás, antes de que existiera un ático, una herencia o incluso una madre malvada y loca llamada Corrine. Este libro nos cuenta la historia de los abuelos, Olivia y Malcolm. De cómo se conocieron y cómo se enamoraron. Pero también cómo sufrieron y cómo él tuvo sus idas y venidas con otras mujeres. Es una historia desgarradora que hace que nos pongamos en la piel de Olivia. Hace que entendamos su forma de ser, comprender por qué es tan cruel y tan fría. Y el lector tendrá que verse en la tesitura de elegir entre compadecer a Olivia u odiarla todavía más si cabe.
Ya conté en la primera reseña de esta saga que yo leí estos libros cuando apenas tenía once años. Tenía pocos recuerdos de la historia, a decir verdad. Había algunas cosas que sí que me resultaban familiares pero la mayoría del cuerpo de la trama lo había olvidado por completo. Pero hay una cosa que en todos estos años no se ha ido de mi cabeza: el pánico que me daba Olivia. Por suerte yo he tenido —y tengo— dos abuelas maravillosas, que son una parte muy importante de mi vida. Así que no podía entender cómo una abuela podía tener la sangre fría de hacer las barbaridades que hizo Olivia a sus nietos. Era algo incomprensible. Y, aunque después se revelase que la madre era la mala malísima en realidad, para mí Olivia siguió y sigue siendo uno de los personajes más odiosos que he tenido el placer de conocer mediante mis lecturas. Y eso, queridos míos, es de las cosas que más me gusta a la hora de coger un libro. Encontrarme un personaje que me marque, para lo bueno y para lo malo.
Cierro para siempre —o no, ya veremos si dentro de diez años me da por revivir mi odio hacia Olivia y Corrine— esta increíble saga que tanto me ha hecho disfrutar y también sufrir. Gracias, V. C. Andrews, gracias, gracias, gracias de verdad, por escribir esta maravilla. Gracias.

Joaquín Sabina decía en una canción que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. He escuchado esa canción como un millón y de veces y siempre he tratado de buscarle un significado a esa frase. Al final he llegado a una conclusión: las personas cambian, evolucionan, crecen, maduran. Para bien o para mal. Volver a un sitio donde fuiste muy feliz no garantiza en absoluto que allí lo vuelvas a ser. Es más, te darás cuenta de cómo eras antes y entenderás por qué ahora no puedes ser feliz como lo fuiste en aquél entonces. Pero, ¿qué pasa si es al contrario? ¿Si en vez de tratarse de un sitio que te trae buenos recuerdos, es un lugar en el que solo asolan las pesadillas del pasado? Aquí, entonces, según esta teoría que llevo años desarrollando, nos encontraríamos con dos opciones: una, que al volver allí te des cuenta de cuánto ha cambiado tu vida y te sientas feliz por ello. Y, dos, que al volver a aquel lugar rememores todo aquello que te impidió disfrutar de la vida y, por lo tanto, haga que no te sientas dichoso, sino triste y angustiado.
Me imagino a 
n que en esta vida todo pasa por algo. Los más optimistas llegan a decir que si una desgracia llama a la puerta es porque tiene que ser así. Cuestión de destino. Que yo no digo que no sea precioso este punto de vista, pero pongamos un ejemplo práctico para que entendamos la situación: te despiertas un lunes lluvioso de enero. Fuera hace tanto frío que te estás planteando ir al trabajo con ropa térmica debajo del traje. Al menos te queda el consuelo de hacerte un buen café calentito y unas tostadas deliciosas. Pero el café sale aguado y las tostadas se te queman. Bueno, no pasa nada; es lunes y es normal que las cosas se tuerzan. Pero es que al ir a por el coche, este no arranca. Como ves que vas a llegar tarde al trabajo, coges el móvil para ver si algún compañero que vive por la zona se puede acercar a recogerte. Y, al sacar el teléfono del bolsillo, se te cae al suelo y se te descascarilla una esquina dejando una huella imborrable que hará que cada vez que la mires rememores ese día tan horrible. Los optimistas dirán que todo esto ha pasado por algo: el café estaba aguado porque tu cuerpo es sabio y es consciente de que tomas mucha cafeína; las tostadas las tuviste que tirar (ni rascando se iba lo quemado), de acuerdo, pero lo cierto es que tu operación bikini te lo agradecerá eternamente. El coche no arrancaba porque… no sé, porque esas cosas pasan a veces. Y el teléfono… pues tampoco sé. ¿Veis? ¡Es que no me sale ser optimista en estas circunstancias ni a propósito!
A ver si va a ser cierto eso de que las modas son cíclicas… Primero el anuncio de que Twin Peaks va a volver a nuestras vidas, y ahora una reedición de esta saga de los setenta. Puede que ahora casi nadie recuerde quién era V. C. Andrews, pero en su día sus libros adornaban casi todas las estanterías. Tanto que, incluso a su muerte, sus herederos decidieron contratar a otra persona para que continuara con alguna de sus historias. Y así, hace más de una década que me topé con Flores en el ático. Yo tendría unos doce años cuando lo descubrí entre los libros de mi madre. Hacía poco que había empezado a leer novelas más o menos extensas y me atreví a meterme en el mundo creado por V. C. Andrews. La verdad: me traumaticé un poco. No es una lectura aconsejable para una niña de doce años, pero lo cierto es que eso no impidió que continuara leyendo los siguientes cuatro libros de la saga Dollanganger —el último, como acabo de decir, lo tuvo que escribir otra persona porque la autora falleció sin haber terminado la historia—. Recuerdo que cuando alguno de mis amigos me pedía que le recomendara un libro, yo, sin dudarlo, le decía que tenía que leer esta saga. Aunque lo cierto es que creo que ninguno me hizo caso por aquel entonces…