
Sorry, de Zoran Drvenkar
Disculpas. Perdón. Arrepentimientos. Palabras y más palabras para decir una misma cosa. Nos cuesta pedir perdón, nos cuesta pedir perdón por nuestros secretos, por nuestras aventuras, por nuestros errores, por nuestros fallos que a veces no son tales, por aquello que hemos herido y a quienes hemos hecho sufrir. Simplemente eso. Decir “lo siento”. Y cuesta, se hace difícil, se hace cuesta arriba. ¿Ustedes han pedido perdón alguna vez? Yo muchas. Y miren que es fácil, son sólo seis letras, perdón, qué corta es la puñetera palabra, pero qué difícil es decirla. Perdón, perdón, perdón. Y se sigue haciendo un drama de esa palabra, en torno a ella, rodeándola, esquivándola, porque si nos podemos librar, mejor. Pero, ¿y si no pudieras librarte? ¿y si te dedicaras a ello? ¿y si hubieras decidido dedicarte a pedir perdón por otros? ¿si ese fuera tu oficio, lo vivirías de forma neutra, sin consecuencias, sin ningún tipo de sentimiento? ¿Ficharías, empezarías a trabajar, y te irías a casa tan campante, como si la cosa no fuera contigo? Y si, piénsalo bien, por un instante, durante dos minutos, sólo dos, no es mucho lo que te pido, repito, ¿y si quien te dijera que tienes que pedir perdón es un asesino? No un asesino salvaje, sino uno de los peores que rondan esta sociedad, ¿aceptarías el encargo, o mirarías para otro lado? Al fin y al cabo, ese es tu trabajo ¿no? Dime, después de pensar, ¿aceptarías el encargo? Pues eso es “Sorry” aunque no sólo eso claro, es mucho más.