Publicado el

Canciones de amor a quemarropa

Canciones de amor a quemarropa

Canciones de amor a quemarropa de Nickolas Butler

 Canciones de amor a quemarropaReconozcámoslo, la literatura es una droga, y de las fuertes. Muchos estamos enganchados, pero es tal su potencia, que la mayoría de la gente no la puede consumir en su estado más puro, y necesita “cortarla” o “diluirla”, adquiriéndola en subproductos a los que se les ha quitado una gran parte literaria y se le han añadido lugares comunes, tópicos, tramas más que trilladas y fórmulas de éxito probadas una y otra vez, dando como resultado novelas que se venden fácilmente, pero que carecen de la energía y la fuerza de la literatura auténtica.

En mi humilde opinión, la literatura auténtica es aquella que, desde la primera línea, te sumerge en la historia y te cubre completamente, provocando en primer lugar una total desconexión de la realidad, y en segundo lugar que puedas disfrutar de lo que está sucediendo en el nuevo mundo en el que ahora te encuentras, siendo un protagonista más del libro, o un espectador cercano, compartiendo emociones y pensamientos con los compañeros de viaje que el autor ha dispuesto para ti.

¿Y por qué te cuento esto? Porque mientras me adentro en las páginas de Canciones de amor a quemarropa, solo puedo pensar en lo real que me resulta todo. Me tiene todo el tiempo con las emociones a flor de piel, y voy saltando de la más profunda fraternidad, al amor en todas sus formas, al odio, a las viejas rencillas, a la nostalgia de una amistad de juventud, a la fuerza de la auténtica amistad, al egoísmo… Y todo ello con un orden, con una pureza y con una autenticidad que solo la mejor de las drogas podría ocasionar.

Sigue leyendo Canciones de amor a quemarropa

Publicado el

Primeras páginas: Todo es silencio

todo es silencio

 

todo es silencio

 

 El silencio amigo

  

I 

 

La boca no es para hablar. Es para callar.

Era un dicho de Mariscal que su padre repetía como una letanía y que Víctor Rumbo, Brinco, recordó cuando el otro muchacho, aterrado, vio lo que había en el raro envoltorio que él había sacado del cesto de pescador y preguntó lo que no tenía que preguntar.

—¿Y eso qué es? ¿Qué vas a hacer?

—Tienen boca y no hablan —respondió lacónico.

La marea estaba baja o pensando en subir, en una calma atónita y destellante que allí resultaba extraña. Estaban los dos, Brinco y Fins, en las rocas próximas al rompiente, al pie del faro del cabo de Cons, y no muy lejos de las cruces de piedra que recuerdan a náufragos y pescadores muertos.

En el cielo, teniendo como epicentro la linterna del faro, las gaviotas picoteaban el silencio. Había un saber burlón en aquella alerta de las aves del mar. Un cuchicheo de forajidos. Se alejaban para luego retornar más cercanas, en círculos cada vez más insolentes. Se tomaban esa confianza, compartiendo con jactancia un secreto que el resto de la existencia prefería ignorar. Brinco miró de soslayo, divertido con el escándalo de las aves del mar. Sabía que él era la causa de la excitación. Que estaban al acecho.

Que esperaban la señal decisiva.

—Mi padre sabe el nombre de todas estas piedras —dijo Fins, intentando desatarse del curso de las cosas—.

Las que se ven y las que no se ven.

Brinco ya había aprendido a tener desdén. Le gustaba ese sabor de las frases urticantes en el paladar.

 

 

—Las piedras no son más que piedras.

Brinco empuñó el cartucho de dinamita, ya montado con la mecha. Con el estilo de quien sabe cómo se usan.

—Tu padre será un lobo de mar, no lo niego. Pero vas a ver cómo se pesca de verdad.

Prendió al fin la mecha del cartucho. Tuvo la sangre fría de sostenerlo un instante en alto, ante la mirada espantada de Fins. Lo arrojó luego con fuerza, con entrenada destreza, por encima de las cruces de piedra. Al poco, se oyó el retumbe del estallido en el mar.

Ellos esperaban. Las gaviotas se agitaban más, en jauría voladora, con un chillar cómplice, jaleando cada salto de Brinco en las rocas. Fins tiene la mirada clavada en el mar.

—Ahora va a ser una marca de miedo.

—¿El qué?

—Los peces no vuelven. Donde estalla la dinamita,

no vuelven.

—¿Por qué? ¿Porque lo dice tu padre?

—Eso se sabe. Es el esquilme.

—Sí, hombre, sí —se burló Brinco.

En el Ultramar había oído conversaciones parecidas y sabía la respuesta para acallarlas: «¡Ahora va a resultar que los peces tienen memoria!».

Se sonrió de repente. Una fuerza puede con otra en el interior y es la que articula la sonrisa. Lo que le vino a la boca fue una sentencia de Mariscal. Una de esas frases que otorgan un triunfo, mientras Fins Malpica está cada vez más intimidado en la espera, callado y pálido como un penitente. El hijo del Palo de la Santa Cruz.

—Si eres pobre mucho tiempo —dijo Brinco con la medida contundencia—, acabas cagando blanco como las gaviotas.

Sabe que con cada sentencia de Mariscal queda el campo despejado. No fallan. Le fastidia, por otra parte, tener esa fuente de inspiración. Pero le ocurre algo curioso con el lenguaje de Mariscal. Aunque quiera evitarlo, le viene a la boca, se apodera de él. Como ponerle el rabo a las cerezas. Ésa es otra. Otra frase que se enganchó. No falla.

Brinco y Fins se sentaron en una roca y metieron los pies descalzos en una poza de agua, de las que deja la bajamar. En aquella pecera, la única vida visible era el jardín de las anémonas. Jugaron a acercar los dedos de los pies. Ese simple movimiento provocaba que la falsaria floración agitase sus tentáculos.

—Las muy putas —dijo Brinco—. Simulan ser flores y son sanguijuelas.

—La boca es también el culo —dijo Fins—. En las anémonas es el mismo agujero.

El otro lo miró incrédulo. Iba a soltar una bravata.

Pero se lo pensó mejor y calló. Fins Malpica sabía mucho más que él de peces y animales. Y del resto. Por lo menos en la escuela. Así que lo que hizo Brinco fue agacharse, pillar algo en la poza y llevárselo a la boca. La cerró y mantuvo la cara inflada como un bofe. Al abrirla, sacó la lengua con un pequeño cangrejo vivo.

—¿Cuánto tiempo puedes aguantar sin respirar?

—No sé. Media hora o así.

Fins quedó pensativo. Sonrió para dentro. Con Brinco ése es el juego, hay que dejarse ganar para que esté a gusto. Hacerse el tonto.

—¿Media hora? —dijo Fins—. ¡Qué mierda!

Era la primera vez que se reían juntos desde que llegaron al cabo de Cons. Brinco se levantó y escudriñó el mar. Con ese movimiento, ese gesto de poner la mano de visera, en el cielo se intensificó el bullicio. Un chillido torvo picoteó la atmósfera en su punto más débil. Entre espumarajos, como hervidos por el mar, aparecieron los primeros peces muertos. Brinco se apresuró a capturarlos con el salabardo. Traían la tripa reventada. En la palma entristecida de la mano, contrastaban más el fulgir plateado de la piel y la sangre de las gallas abiertas.

—¿Ves? ¿Es o no un milagro?

 

 

II

 

 

Él era el hijo de Jesucristo. El hijo de Lucho Malpica. Decían: es el hijo de Lucho. O: es el hijo de Amparo. Pero era más conocido por el padre. Porque el padre, entre otras cosas, llevaba ya varios años haciendo de Cristo el día de la Pasión, el Viernes Santo. Cuando era más joven había hecho de soldado romano. Incluso llevó el látigo para azotar la espalda de Edmundo Sirgal, el Cristo anterior, que también era marinero. Lo que pasa es que Edmundo se marchó a las plataformas petrolíferas del Mar del Norte. Y el primer año todavía logró volver para que lo crucificasen. Pero luego hubo algún problema. La gente se va y a veces pasa eso, que de pronto se pierden las señas. Así que hacía falta un Cristo y sólo había que mirar a Lucho Malpica. Porque había otro barbas que podía hacerlo, el Moimenta, pero le sobraba un quintal de grasa. Como bien dijo el cura, Cristo, Cristo puede ser cualquiera, pero que no tenga tocino. Un buen Cristo no tiene tocino, es todo fibra. Y dieron con Lucho Malpica. Fuerte y flaco como un huso. De la misma madera que el palo de la cruz que lleva a cuestas.

—Ése es medio pagano, don Marcelo —dijo un ronchas de la cofradía.

—Como todos. Pero da un Cristo de primera. ¡Un Cristo de Zurbarán!

Malpica era un tipo inquieto. Ardía con la prisa. Y valiente, con las tripas en la mano. El hijo, Félix, Fins para nosotros, era más parecido a la madre. Más apocado. Tenía días, claro. Aquí el que más y el que menos tenemos mareas vivas y mareas muertas. Y él tenía esos días de momia, de quietismo. Ensimismado, en silencio.

El caso es que no tuteaba a su padre, pero tenía esa confianza con él. No lo tildaba de padre o de papá. Preguntaba por Lucho Malpica. El marinero, fuera de casa, era como un tercer hombre, al margen de padre e hijo. El muchacho debía proteger al hombre. Tenía que cuidar de él. Cuando lo veía llegar borracho, iba corriendo a abrir la puerta, lo guiaba por las escaleras, y lo encamaba como un clandestino, para que no hubiese lío en casa, porque la madre no soportaba aquellos naufragios. Una vez, con ocasión de los pasos del Calvario, la madre le dijo: «No le llames Lucho cuando va con la cruz». Porque para él, de pequeño, era un honor que su padre fuese el Crucificado, con la corona de espinas, el reguero de sangre en la frente, aquella barba rubia, la túnica con el cordón dorado, las sandalias. Le llamaban mucho la atención las sandalias, porque entonces no era un calzado que llevasen los hombres en Brétema. Había mujeres que sí, en verano. Una veraneante que se hospedaba con su marido en la posada Ultramar. Llevaba pintadas las uñas de los dedos. Dedos que refulgían con un esmalte de ostra. Dedos niquelados. Toda la chavalería alrededor, como quien busca monedas en el suelo. Todo por la madrileña con los dedos de los pies pintados.

Los dedos del Cristo tenían matas de pelo, las uñas como lapas, y aun con las sandalias, se doblaban para sujetarse al suelo, como cuando se ceñían a la costra aristada de las peñas. Antes de la procesión, lo llamó aparte. «Vas al Ultramar y le dices a Rumbo que te dé una botella de agua bendita.» Y él sabía de sobra que no era agua de la pila santa. No, no iba a decirle nada a la madre. Ni falta que hacía que se enterase. Ya había hecho otras veces el trabajo de Caná. Así que salió pitando para ir y volver en un santiamén. Y por el camino decidió darle un tiento. Sólo un chupito. Sólo un chisguete. Si a todos les sentaba bien, algo tendría. A él también le venía de perlas ese día levantar la paletilla. Sintió que le ardían las entrañas, pero también el reverso de los ojos. Respiró a fondo. Cuando el aire fresco fue apagando aquel incendio de las entrañas, tapó y envolvió bien la botella en el papel de estraza y apeló a los pies para llegar antes de que el padre cargase con el Palo de la Santa Cruz.

En la procesión gritó todo contento:

—¡Padre, padre!

Y la madre murmuró ahora: «Tampoco le llames padre cuando va con la cruz».

Qué bien lo hacía, qué voluntad ponía en aquella aflicción.

—¡Qué Cristo, qué verosímil! —se oyó que decía el Desterrado al doctor Fonseca. En Brétema todo el mundo tenía un segundo nombre. Algo más que un apodo. Era como llevar dos rostros, dos identidades. O tres. Porque el Desterrado era también, a veces, el Cojo. Y ambos eran el maestro, Basilio Barbeito.

Lo hacía bien, Lucho Malpica. El rostro dolorido, pero digno, con la «distancia histórica», dijo el Desterrado, la mirada de quien sabe que los que ayer adulaban mañana serán quienes más nieguen. Incluso se tambaleaba al andar.

Llevaba un peso que pesaba. Alguno de los latigazos, por el entusiasmo teatral de los verdugos, acababa doliendo de verdad. Y luego, a trechos, aquel cántico de las mujeres: «¡Perdona a tu pueblo, Señor! ¡Perdona a tu pueblo, perdónalo, Señor! ¡No estés eternamente enojado!». El Desterrado hizo notar que la escenografía celeste ayudaba. Siempre había para esa estrofa un nubarrón a mano para eclipsar el sol.

—¡Verosímil! Sólo falta que lo maten.

—¡Y qué cántico más espantoso! —dijo el doctor Fonseca—. Un pueblo acoquinado, doliente de culpa, rogando una sonrisa a Dios. Una migaja de alegría.

—Sí. Pero no se fíe. Estas cosas del pueblo llevan siempre algo de retranca —dijo el Desterrado—. Fíjese que sólo cantan las mujeres.

El Ecce Homo miró de soslayo al hijo y guiñó el ojo izquierdo. Esa imagen le quedó al niño para siempre en la cabeza. Pero también aquella expresión admirativa del maestro. Qué verosímil. Intuía lo que significaba, aunque no del todo. Tenía que ver con la verdad, pero pensó que era algo superior a la verdad. Un punto por encima de lo verdadero. Se quedó con aquella palabra para definir aquello que más lo sorprendía, que lo maravillaba, que deseaba. Cuando por fin abrazó a Leda, cuando fue capaz de dar aquel paso y salir de las islas, y avanzar hacia ella, el cuerpo aquel que venía del Mar Tenebroso, lo que pensó fue que no podía ser verdad. Tan bárbara, tan libre, tan verosímil.


 

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. Código Penal).

Publicado el

Primeras páginas: Ru

ru

ru

 

A la gente de mi país

 

En francés, ru significa «arroyuelo» y, en sentido figurado, «flujo» (de lágrimas, de sangre, de dinero) (Le Robert historique). En vietnamita, ru significa «canción de cuna», «arrullar».

 

 

Llegué al mundo durante la ofensiva del Tet, en los primeros días del nuevo año del Mono, cuando las largas retahílas de petardos colgados ante las casas estallaban en polifonía con el sonido de las metralletas.

Vi la luz en Saigón, donde los restos de los petardos reventados en mil migajas coloreaban el suelo de rojo como pétalos de cerezo, o como la sangre de los dos millones de soldados desplegados, diseminados por las ciudades y las aldeas de un Vietnam desgarrado en dos.

Nací a la sombra de esos cielos adornados con fuegos artificiales, decorados con guirnaldas luminosas, atravesados por granadas y cohetes. Mi nacimiento tuvo la misión de reemplazar las vidas perdidas. Mi vida tenía el deber de continuar la de mi madre.

  

  

Me llamo Nguyễn An Tịnh y mi madre, Nguyễn An Tĩnh. Mi nombre es una simple variación del suyo porque sólo un punto bajo la i me diferencia de ella, me distingue de ella, me disocia de ella. Yo era una extensión de ella, incluso en el sentido de mi nombre. En vietnamita, el suyo significa «entorno apacible», y el mío, «interior apacible». Con esos nombres casi intercambiables, mi madre confirmaba que yo era una continuación suya, que proseguiría su historia. La historia del Vietnam, la que se escribe con H mayúscula, desbarató los planes de mi madre. Arrojó al agua los acentos de nuestros nombres cuando nos hizo atravesar el golfo de Siam, hace de ello treinta años. También despojó nuestros nombres de sentido, reduciéndolos a sonidos, a la vez ajenos y extraños, en lengua francesa. Acabó rompiendo, sobre todo, mi papel de prolongación natural de mi madre cuando cumplí los diez años.

 

 

Gracias al exilio, mis hijos nunca fueron prolongaciones de mí misma, de mi historia. Se llaman Pascal y Henri y no se parecen a mí. Tienen el pelo claro, la piel blanca y las pestañas espesas. No experimenté el sentimiento natural de la maternidad que yo esperaba cuando estaban agarrados a mis pechos en plena noche, a las tres de la madrugada. El instinto maternal me llegó mucho más tarde, al hilo de las noches en blanco, de los pañales manchados, de las sonrisas gratuitas, de los súbitos júbilos.

Sólo en aquel momento capté el amor de esa madre sentada ante mí en la cala de nuestro barco, llevando en sus brazos un bebé cuya cabeza estaba cubierta de hediondas costras de sarna. Tuve esa imagen ante mis ojos durante días y tal vez noches también. La pequeña bombilla que colgaba del extremo de un hilo sostenido por un clavo oxidado difundía en la cala una débil luz, siempre la misma. Al fondo de aquel barco, el día no se distinguía ya de la noche. La constancia de aquella iluminación nos protegía de la inmensidad del mar y del cielo que nos rodeaban. La gente sentada en cubierta nos contaba que no había ya línea de demarcación entre el azul del cielo y el azul del mar. No se sabía pues si nos dirigíamos hacia el cielo o si nos hundíamos en las profundidades del agua. El paraíso y el infierno se habían enlazado en el vientre de nuestro barco. El paraíso prometía un vuelco en nuestra vida, un nuevo porvenir, una nueva historia. El infierno, en cambio, exponía nuestros miedos: miedo a los piratas, miedo a morir de hambre, miedo a intoxicarnos con las galletas empapadas en aceite de motor, miedo a carecer de agua, miedo a no poder ya ponernos en pie, miedo a tener que orinar en aquel bote rojo que pasaba de una mano a otra. Miedo a que aquella cabeza de niño sarnoso fuese contagiosa, miedo a no hollar jamás ya la tierra firme, miedo a no ver de nuevo el rostro de tus padres sentados en alguna parte, en la penumbra, entre aquellas doscientas personas.

 

 

Antes de que nuestro barco levara anclas en plena noche, en las riberas de Rạch Giá, la mayoría de pasajeros sólo temía una cosa, a los comunistas, de ahí su huida. Pero, en cuanto estuvo rodeado, cercado por un solo y uniforme horizonte azul, el miedo se transformó en un monstruo de cien rostros, que nos rompía las piernas, que nos impedía sentir el entumecimiento de nuestros músculos inmovilizados. Estábamos petrificados en el miedo, por el miedo. No cerrábamos ya los ojos cuando el pipí del pequeño con la cabeza sarnosa nos salpicaba. No nos apretábamos la nariz ante el vómito de nuestros vecinos. Estábamos entumecidos, aprisionados por los hombros de los unos, las piernas de los otros y el miedo de todos. Estábamos paralizados.

La historia de la niña que fue devorada por el mar tras haber perdido pie al caminar por la borda se propagó por el vientre oloroso del barco como un gas anestesiante, o eufórico, que transformó la única bombilla en estrella polar y las galletas empapadas con aceite de motor en galletas de mantequilla. Aquel sabor de aceite en la garganta, en la lengua, en la cabeza nos adormecía al ritmo de la nana que cantaba mi vecina.

 


Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. Código Penal).