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A la gente de mi país

 

En francés, ru significa «arroyuelo» y, en sentido figurado, «flujo» (de lágrimas, de sangre, de dinero) (Le Robert historique). En vietnamita, ru significa «canción de cuna», «arrullar».

 

 

Llegué al mundo durante la ofensiva del Tet, en los primeros días del nuevo año del Mono, cuando las largas retahílas de petardos colgados ante las casas estallaban en polifonía con el sonido de las metralletas.

Vi la luz en Saigón, donde los restos de los petardos reventados en mil migajas coloreaban el suelo de rojo como pétalos de cerezo, o como la sangre de los dos millones de soldados desplegados, diseminados por las ciudades y las aldeas de un Vietnam desgarrado en dos.

Nací a la sombra de esos cielos adornados con fuegos artificiales, decorados con guirnaldas luminosas, atravesados por granadas y cohetes. Mi nacimiento tuvo la misión de reemplazar las vidas perdidas. Mi vida tenía el deber de continuar la de mi madre.

  

  

Me llamo Nguyễn An Tịnh y mi madre, Nguyễn An Tĩnh. Mi nombre es una simple variación del suyo porque sólo un punto bajo la i me diferencia de ella, me distingue de ella, me disocia de ella. Yo era una extensión de ella, incluso en el sentido de mi nombre. En vietnamita, el suyo significa «entorno apacible», y el mío, «interior apacible». Con esos nombres casi intercambiables, mi madre confirmaba que yo era una continuación suya, que proseguiría su historia. La historia del Vietnam, la que se escribe con H mayúscula, desbarató los planes de mi madre. Arrojó al agua los acentos de nuestros nombres cuando nos hizo atravesar el golfo de Siam, hace de ello treinta años. También despojó nuestros nombres de sentido, reduciéndolos a sonidos, a la vez ajenos y extraños, en lengua francesa. Acabó rompiendo, sobre todo, mi papel de prolongación natural de mi madre cuando cumplí los diez años.

 

 

Gracias al exilio, mis hijos nunca fueron prolongaciones de mí misma, de mi historia. Se llaman Pascal y Henri y no se parecen a mí. Tienen el pelo claro, la piel blanca y las pestañas espesas. No experimenté el sentimiento natural de la maternidad que yo esperaba cuando estaban agarrados a mis pechos en plena noche, a las tres de la madrugada. El instinto maternal me llegó mucho más tarde, al hilo de las noches en blanco, de los pañales manchados, de las sonrisas gratuitas, de los súbitos júbilos.

Sólo en aquel momento capté el amor de esa madre sentada ante mí en la cala de nuestro barco, llevando en sus brazos un bebé cuya cabeza estaba cubierta de hediondas costras de sarna. Tuve esa imagen ante mis ojos durante días y tal vez noches también. La pequeña bombilla que colgaba del extremo de un hilo sostenido por un clavo oxidado difundía en la cala una débil luz, siempre la misma. Al fondo de aquel barco, el día no se distinguía ya de la noche. La constancia de aquella iluminación nos protegía de la inmensidad del mar y del cielo que nos rodeaban. La gente sentada en cubierta nos contaba que no había ya línea de demarcación entre el azul del cielo y el azul del mar. No se sabía pues si nos dirigíamos hacia el cielo o si nos hundíamos en las profundidades del agua. El paraíso y el infierno se habían enlazado en el vientre de nuestro barco. El paraíso prometía un vuelco en nuestra vida, un nuevo porvenir, una nueva historia. El infierno, en cambio, exponía nuestros miedos: miedo a los piratas, miedo a morir de hambre, miedo a intoxicarnos con las galletas empapadas en aceite de motor, miedo a carecer de agua, miedo a no poder ya ponernos en pie, miedo a tener que orinar en aquel bote rojo que pasaba de una mano a otra. Miedo a que aquella cabeza de niño sarnoso fuese contagiosa, miedo a no hollar jamás ya la tierra firme, miedo a no ver de nuevo el rostro de tus padres sentados en alguna parte, en la penumbra, entre aquellas doscientas personas.

 

 

Antes de que nuestro barco levara anclas en plena noche, en las riberas de Rạch Giá, la mayoría de pasajeros sólo temía una cosa, a los comunistas, de ahí su huida. Pero, en cuanto estuvo rodeado, cercado por un solo y uniforme horizonte azul, el miedo se transformó en un monstruo de cien rostros, que nos rompía las piernas, que nos impedía sentir el entumecimiento de nuestros músculos inmovilizados. Estábamos petrificados en el miedo, por el miedo. No cerrábamos ya los ojos cuando el pipí del pequeño con la cabeza sarnosa nos salpicaba. No nos apretábamos la nariz ante el vómito de nuestros vecinos. Estábamos entumecidos, aprisionados por los hombros de los unos, las piernas de los otros y el miedo de todos. Estábamos paralizados.

La historia de la niña que fue devorada por el mar tras haber perdido pie al caminar por la borda se propagó por el vientre oloroso del barco como un gas anestesiante, o eufórico, que transformó la única bombilla en estrella polar y las galletas empapadas con aceite de motor en galletas de mantequilla. Aquel sabor de aceite en la garganta, en la lengua, en la cabeza nos adormecía al ritmo de la nana que cantaba mi vecina.

 


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