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Intrusión, de Román Sanz

Intrusión

IntrusiónHablar de Román Sanz, el autor de este viaje onírico que es Intrusión, es hablar de un hombre, cuanto menos, peculiar. Peculiaridades tiene tanto en forma como en contenido. Si bien es cierto que haber estado en la presentación de su primera novela sirvió para percibir esos detalles que le caracterizan —se plantó en la librería con su chaquetón y sombrero texano— y donde mostró parte de su modo de expresión con los allí presentes, muchos más son los rasgos personales que puedes encontrar en la narración de su obra. Una obra que, a priori, ya muestra en su sinopsis la marcada personalidad del texto: «La pregunta correcta no es si este libro es para usted, es si usted está listo para este libro».

Pues heme a mí, con 38º de fiebre por un mal catarro invernal que me consideré apto para lanzarme a su lectura. Y el resultado no ha estado nada mal. Quizás esta novela fue así concebida (o puede que influyeran otros factores, digamos, de naturaleza lisérgica). No es la primera vez que me veo en una tesitura similar. Ya me ocurrió con una obra que para mí fue una joya: Pánico al amanecer, de Kenneth Cook, y también valga el ejemplo con Héroes, de Ray Loriga, en quien he encontrado una ligera semejanza de estilo.

Desde luego, la comparativa es lejana, pero a su vez guarda cierta afinidad. Ambas lecturas conservan en su estructura externa una cercanía notable con la poesía; capítulos cortos, de apenas página y media o dos páginas, que con oraciones simples te introducen directamente en la acción. Además, ya en su contenido interno, están las licencias que en ambos casos se permiten sus autores empleando una buena cantidad de figuras literarias: asíndeton y polisíndeton, metáforas, elipsis… Según iba leyendo encontraba ese ritmo y musicalidad que rara vez encuentras en narrativa y más del género al que se asoma esta obra, que bien podría entablarse dentro del suspense onírico.

La historia trata de la zozobra que siente su personaje principal, J, por un pasado que le atormenta y que lo mantiene sumido en una fuerte depresión y encarcelamiento casero. Su mejor amigo, Adrián, quiere ayudarle a escapar de esa espiral de agonía en la que vive y está dispuesto a aceptar cualquier sugerencia que le proponga. El pasado vive en sus recuerdos y esos recuerdos les machacan día a día. El pasado no se puede cambiar, eso desde luego, pero, ¿y si se pudieran cambiar los recuerdos de ese mismo pasado? J tiene una idea. Una idea y un don que comparte con Adrián: una conexión a modo de mente colmena en la que cohesionan sus recuerdos pudiendo introducirse en ellos para cambiarlos.

Durante la novela, viajas del presente de esa casa de largos pasillos donde vive en clausura a los recuerdos del pasado. Los reviven una y otra vez; intentan cambiarlos para escapar de su pesar. Lo peligroso de ese juego de tan alto poder es la intrusión en los sueños personales que no siempre quieren volver a revivir y puede que lo único que consigan sea complicar aún más las cosas. Sueños y recuerdos que desconocían el uno del otro y que ponen en riesgo su amistad.

Intrusión, título potente y directo, marca el registro más característico de su modo narrativo, entretenido en muchos de sus capítulos cortos con algo más de tedio en ciertas partes en las que el ritmo decae. Existen en la historia varias reminiscencias a otras obras de la ciencia ficción —una muy clara puede ser la película Olvídate de mí, con Jim Carrey y Kate Winslet—. Y un detalle con el que me quedo es con el concepto que plantea Román Sanz en la obra de si muchos de los sueños, y aún peor, las pesadillas, son solo producto del subconsciente o si realmente estoy sufriendo la intrusión de alguien externo que juega con ellos.

Con fiebre o sin ella, la historia funcionó conmigo. El reto que plantea su editor a los lectores acerca de si estoy o no preparado para ella lo superé. Ahora te toca a ti.

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Acero en los labios, de Isabel Marina

Acero en los labios

Acero en los labiosMuchos lo vemos. Desde hace un tiempo, las grandes editoriales apuestan en materia de poesía sobre un tipo de autores muy relacionados con las redes sociales, con la poesía del sentimiento o, incluso, con la canción de autor. Es lo que vende y lo que los jóvenes quieren leer, es lógico que se apueste por ellos. Por otro lado, hay otra corriente alterna que tiene los ojos posados en la primera y los critica, de donde ha salido el término despectivo de los “intensitos” para denominar a este nuevo grupo de poetas, joven, que está disparando las cifras de ventas en libros de poesía. No hace falta decir nombres porque todos los conocemos, ya sea por el bombo de la televisión, las radios, o por verles compartidos en los muros de nuestras redes sociales.

Pero también hay una tercera corriente – y quizás más pero ya es salirse del tema – que sigue escribiendo tras la estela que no hace mucho dejaron grandes maestros como José Ángel Valente, Chantal Maillard o María Zambrano; la de una poesía que roza lo metafísico, que busca hurgar en el interior de cada uno para así buscar respuestas a algo totalmente confuso e inexplicable como es nuestra vida. Ese grupo sigue caminando en voces como la de Miriam Reyes o Esther Ramón – y muchos otros – pero lo que importa hoy, es que también sigue viva en una poeta totalmente desconocida para mí, hasta estos días: Isabel Marina.

Me topé con Acero en los labios mientras echaba un vistazo a una lista de novedades en internet. ¿Qué podría llamarme la atención del primer libro de una autora desconocida en el panorama literario – con perdón – para interesarme en él? No lo sé, no fue la sinopsis, ni la portada, ni siquiera el título, lo que sé es que lo he leído y agradezco a esos hilos invisibles que nos conectan con las cosas de nuestro entorno que lo hayan hecho conmigo y esta obra.

Acero en los labios se divide en tres partes, tres partes de reflexión, que ya en un principio me han recordado a la simbología cristiana de los tres peldaños antes de las capillas con los que alzarse a la salvación: ‘Como pobres diablos’, ‘Esta ceniza seca’ y ‘Somos fulgor’. Cuarenta y cinco poemas encabezados por un prólogo de Fernando Álvarez Balbuena – miembro del Real Instituto de Estudios Asturianos – en el que el estudioso nos habla sobre todo del estilo poético de Isabel Marina. Leemos sobre «el sentimiento», «la elegancia del estilo» o «la belleza de las metáforas» en la poesía de la avilesina. Pero también de «un léxico más estricto y riguroso que florido» o de que «la ilusión y la esperanza están presentes en toda su obra», y estos son dos aspectos de los que me gustaría hablar.

En los poemas de Marina encontramos, sobre todo, melancolía. Esa ilusión y esa esperanza de las que habla Balbuena como mucho se empiezan a ver en la tercera parte del poemario. Y es que Acero en los labios es una obra repleta de desazón, de cristales vitales rotos, de ropa y cuerpos hechos jirones, de oscuridad, de pérdida de la infancia y nostalgia en ello, de la nunca respuesta de un dios, de anhelo por el sentido de una vida. Acero en los labios pide de una lectura pausada, de una revisión por parte del lector continua de su léxico, de sus maravillosas metáforas, del buen manejo de la adjetivación, etc. En definitiva y, apartándonos un poco de lo formal, Acero en los labios es, básicamente, un vivir a pesar de todo. Menos mal que todavía existe la poesía.

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