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Juvenilia

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Juvenilia, de Miguel Cané

juveniliaDejando de lado las despedidas humanas, lo más difícil de mudarse de Buenos Aires a Galicia fue abandonar mi biblioteca. O mejor dicho, tener que armar una lista de los libros prescindibles e imprescindibles y en base a eso hacer las maletas y partir. La mitad de mis 300 libros se quedaron al cuidado de mis padres, a los que les di, cual si de niños se tratase, los mejores consejos para que los cuidaran. El resto de obras se vino conmigo, con la consiguiente cara de sorpresa de la chica de la aduana, que esperaba ropa y se encontró con una sucursal de librería dentro de mi equipaje. Atento a los detalles, y sabiendo que aterrizaría en Oporto, estuve atento a que los libros de José Saramago quedaran en la parte superior. Funcionó y me gané sus sonrisas. Pasaron tres años y al fin pude volver a mi Buenos Aires querido, en donde lo primero que hice, tras los emotivos saludos, fue ir a mi habitación y volver a ver y oler mi biblioteca. Allí estaban todos esos libros que recordaba y también aquellos a los que había olvidado. Fui con muy poca ropa, y me volví con todos los libros que pude traer, unos cincuenta, entre los que figura Juvenilia, de Miguel Cané, que reseño hoy, y que también habla de reencuentros y recuerdos melancólicos.

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