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El asesino hipocondríaco

El asesino hipocondríaco, de Juan Jacinto Muñoz Rengel

el asesino hipocondríacoHipocondría, dícese de la afección por una gran sensibilidad del sistema nervioso con tristeza habitual y preocupación constante y angustiosa por la salud. O lo que es lo mismo: creer que todas las enfermedades que hay sobre la faz de la tierra te han tocado a ti, solamente a ti, y no puedes hacer nada por evitarlo. Que si te pica un ojo, es conjuntivitis. Que si te ha salido un granito en una parte concreta del cuerpo, vete tú a saber si no es algo peor y si encima te lo rascas te lo traspasas al cuerpo entero. Que si tienes un poco de tos, qué sé yo, una de esas tosecitas que te dan por el polvo acumulado, ya tienes una bronquitis de caballo que… bueno, ¿entendido no?. Pues imaginad todo esto, todos esos síntomas a flor de piel, todo el día en la cabeza, siendo un asesino que tiene un encargo, un encargo al que hacer frente cuando estás convencido de que te queda un día de vida. ¿Complicado no?

El asesino M. Y., tiene que asesinar al señor Blaisten. Pero en el momento en que puede hacerlo, siempre hay alguna enfermedad que se lo prohiba. Porque el problema que tiene nuestro asesino no es como para no tenerlo en cuenta: es hipocondríaco, como todos los autores clásicos de la literatura que en algún momento tuvieron que sufrir una enfermedad que no se sabe si era imaginaria… o no.

 

Me hablaron de esta novela hace tiempo, pero no ha sido hasta ahora que, curiosamente, por arte de mi gripe invernal, decidí empezar a leer “El asesino hipocondríaco”. Podríais decirme que ya me vale, que mira que no tendré momentos de leer algo así sin estar enfermo, pero qué queréis, la literatura es así, te llega en un momento determinado. El caso es que ya desde la primera página la sonrisa se convirtió en carcajada. Digamos que sí, que se puede encuadrar esta novela en el género policíaco, por aquello de que un asesino anda suelto, intentando por todos los medios matar a su víctima. Pero lo que destila este libro, lo que destilan las palabras del autor, es humor negro, un humor ácido como el limón que utilizamos para curar los males de garganta. Y es que las aventuras de uno de los personajes que deberían pasar a la historia por su carisma y por haber sido inventado de esta forma, no dejan de tener esa pátina de ironía que corroe los huesos. Ese es uno de los aciertos de esta historia que, si hubiera sido de un tono serio, hubiera perdido la fuerza que lleva aparejada esta gran historia. Pero no es sólo eso, dejadme pensar, que os voy a hablar de mucho más…

(Dos toses, un estornudo y un vaso de leche caliente después)

 Como os iba diciendo, las excelencias de esta historia radican en la capacidad de Juan Jacinto Muñoz Rengel es compaginar el histrionismo más puro con los datos biográficos de algunos de los autores más conocidos por los lectores. Pensar que la vida de Kant, Poe, o Voltaire se parecieron a la vida hipocondríaca de nuestro protagonista, deja un sabor a algo bueno, a un dulce que se va degustando lentamente, y que perdura en el tiempo, porque a tres días de haber acabado el libro, todavía sigo pensando, risa mediante, en aquellos momentos en los que nuestro asesino intenta por todos los medios acabar con su víctima sin lograrlo, metiéndose por medio una enfermedad a cada cual más disparatada, pero que no desentona con la visión que todos nos hacemos de él: un patoso, un patán que no tiene nada que perder en la vida, tal vez sólo poder hablar, de nuevo, de una de sus enfermedades.

(Un estornudo y carraspeo furtivo de por medio)

Ser hipocondríaco en esta novela es ser brillante. No podría explicar con otras palabras lo que me ha hecho sentir el protagonista. Pero lo mejor de toda esta novela, lo mejor que el autor ha creado es una historia diferente, una historia de esas que no te ves venir, de las que te esperas una cosa, tal vez una simple historia más, pero que te descubren una nueva forma de contar las cosas, una nueva manera de ver el mundo de la literatura, y eso hoy en día es muy grande. No me cabe duda que habrá más historias que nos cuente desde el otro lado del libro este autor, por eso yo me quedo aquí, tapado con la manta lo mejor posible, con mi acopio de pañuelos y mi leche calentita. Es sólo una gripe, pero ¿quién sabe? Tal vez podría ser algo mucho peor.

1 respuesta a «El asesino hipocondríaco»

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