El beso más pequeño

El beso más pequeño, de Mathias Malzieu

el beso mas pequeñoLos besos son, en esencia, un pequeño dulce que recorre nuestros labios y nos llena de azúcar un día entero. Son aquellos que nos erizan el vello, que nos calientan por dentro, que nos transportan con un simple roce a otra dimensión, aquella en la que también viven los abrazos y los “te quiero”. Y por último, los besos con esas palabras que se quedan en los dientes, entre las encías, y que no salen por miedo, que se agolpan en la garganta y salen propulsadas en forma de labios que se juntan, lenguas que bailan al compás de una música imaginaria, y que detiene el tiempo para que podamos saborearlo en toda su intensidad. Ese el poder de besar, de acariciar nuestras bocas y juntar dos deseos llenos de fantasía y sentimientos. Cuando yo era joven, recuerdo mi primer beso, lo recuerdo como si fuera ayer, titubeante, tembloroso, con el miedo pegado a mis pies, que poco tiempo después, cuando la saliva ya era un río que fluía en dos direcciones, se levantaban del suelo e intentaban volar para gritar al mundo que era feliz. Pero también recuerdo que lo viví con miedo porque, quizás, cuando abriera los ojos, la persona que recibía mi beso ya no estuviera allí, se hubiera evaporado, volviendo la experiencia en algo extraño. El beso más pequeño es una experiencia de cómo un beso puede convertirnos, de la noche a la mañana, en investigadores de un sentimiento tan único como el amor.

Hablar de Mathias Malzieu es hablar de La mecánica del corazón, ese libro que irrumpió en nuestras vidas y que contribuyó a que la fantasía y el amor se abrazaran y crearan algo diferente a lo que habíamos leído hasta entonces. El mundo del autor es una mezcla de sueños, de personajes extraños, de palpitaciones devoradoras, de calles parísinas con adoquines mágicos, y de experiencias únicas a la lumbre de una farola que alumbra las emociones. Por ello, darse cuenta que El beso más pequeño es algo diferente simplemente observando su portada es algo normal, casi diría que lógico, porque una vez que la puerta se abra será imposible no encontrarse metido de lleno en un mundo que tenemos alrededor y que no podemos ver por mucho que abramos los ojos. Se trata pues, de un beso que se da sin prisas, pero también que se da rápido. Es una historia que recorre nuestra piel como una mano que nos busca el corazón, que pretende acariciarlo para que recupere su calor, el bombeo que necesita para permanecer con vida, y que hace volar nuestra mente junto al protagonista que busca a su chica invisible, aquella que desaparece después del beso más pequeño jamás dado, sin que podamos evitarlo. Es una historia de amor cuando el amor es un pájaro que vuela y se posa en nuestras cabezas, susurrándonos al oído que es ella, que es él, que aquella persona que se nos presenta delante es la adecuada, es la que estábamos esperando desde hacía tanto tiempo.

Cuando uno lee El beso más pequeño se vuelve un niño pequeño que fantasea con el amor. Es casi una reacción lógica, algo inevitable. Recuerdo que cuando yo lo leía podía observarme a mí mismo, imaginarme navegando como el protagonista por unas calles oscuras en busca de ese amor que no se puede ver, que tenemos tan cerca que no podemos verlo, y me puse a pensar en las historias de amor que no llegan a buen puerto, que se escapan entre los dedos por no poder observarlas como lo que realmente son, y una pequeña lágrima resbalaba por mis mejillas cuando una palabra rozaba mi cuerpo como si fuera una pluma, como si fuera el dedo de aquella persona que había desaparecido pero que se mantenía ahí, en mi recuerdo. Mathias Malzieu sabe hablar desde el corazón, disfrazando sus historias de fantasía, de palabras inventadas, de personajes increíbles, que buscan lo mismo que todos nosotros en algún momento de su vida: querer y que les quieran. Y a veces ese disfraz se convierte en una novela, en una pequeña novela que se lee sin pretenderlo, que nos hace pasar la lengua por nuestros labios para recuperar el sabor de lo antiguo, de lo que ya no está, o de lo que está pero a lo que no prestamos atención, del amor más puro que una vez abiertos los ojos, permanecerá ahí, después del primer beso, como si fuera una onza de chocolate, que nos ensucia los labios con su explosión, con su color marrón, y que nos hace sentir escalofríos cuando se acerca, cuando sólo unos centímetros nos separan del objeto de nuestra pasión, y es entonces cuando somos capaces de mirar, de ver que aquello que nos había acompañado había estado ahí, como sucede siempre.

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