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El último viaje de Tisbea, de Rafael Avendaño y Juan Gallardo

El último viaje de Tisbea

El último viaje de TisbeaQué aburrida es la normalidad, ¿no os parece? Lo gris, lo monótono, lo idéntico. Dan ganas de bostezar solo al pensar en ella. Mucho mejor la diversidad, lo extravagante, lo único. Pero (ay, siempre tiene que haber un pero), cuánto nos asustamos ante lo que no es normal, lo que se sale de los cánones establecidos. El ser humano es así de simple y estúpido a veces. Aquello que no entra dentro de lo convencional, nos aterra. Y es que tenemos el alma muy acomodada. Pero, afortunadamente, siempre hay gente que se atreve a salir de esa zona de confort, gente que no tiene miedo en descubrir la belleza de lo que nos es extraño. Y a mí, lectores, esa gente me encanta.

De todo esto trata El último viaje de Tisbea, una novela que rompe de una forma muy dulce y valiente con lo convencional.

Tisbea tiene veintidós años. Es una chica aparentemente normal. Vive con sus padres y su hermana menor, Juana Inés. Trabaja, es voluntaria en un hospital psiquiátrico y, supuestamente, todo está bien. Pero ocurre que Tisbea tiene una discapacidad neurológica que la hace ser diferente de los demás. Tiene una increíble habilidad para los números, conoce todas las figuras literarias y las emplea. Es incapaz de reconocer sentimientos en las caras y en los tonos de voz de las demás personas, pero se esfuerza. Sabe que si alguien sonríe cuando le habla todo está bien. Tisbea tiene unos límites que no debe saltarse. Debe controlar sus ganas de aletear las manos, de respirar encima de su padre, de hacer todo aquello que a ella le apetece porque, efectivamente, no son comportamientos normales. Son límites que sus padres le han enseñado, como aquel de no salir de casa si no es con las personas de confianza que sus padres consideran como tal. Como comprenderéis, debe resultar agotador intentar aparentar esa normalidad, intentar descifrar continuamente en los demás qué les ocurre.

Un día, en el psiquiátrico donde trabaja como voluntaria, David, un joven de cara aniñada que está ingresado por depresión, le confiesa a Tisbea que no encuentra razones para vivir. Ella, tan pragmática, decide entonces elaborar una lista de cosas que le hacen feliz para poder darle motivos a David, pero ninguno de esos motivos le valen al joven.

Mientras tanto, en una de sus anuales visitas al neurólogo, el médico le propone seguir un tratamiento que estimulará sus neuronas para que puedan actuar normalmente. Tisbea, algo cansada de sus límites y limitaciones, decidirá seguirlo. Y aunque al principio no note ningún cambio, pronto empezará a experimentar los resultados. Donde antes Tiseba veía sonrisas amables, ahora se da cuenta de que detrás de esas sonrisas se esconden otros sentimientos más complejos, más duros y que ahora empieza a entender. Ahora, que se supone que es normal, como todos lo demás, puede comprender todo lo que antes ella intentaba interpretar. Una sensación aterradora la de darse de bruces con la realidad. Una sensación que la llevará a vivir la gran aventura de su vida.

El último viaje de Tisbea, aparentemente sencillo, es un libro que esconde mucho más. Muestra, sin grandes pretensiones, ese lado menos agradable de la sociedad y su reacción para con las personas con este tipo de trastornos. En ocasiones dura, en otras amable, es una novela que he disfrutado mucho y que me ha ayudado a abrir los ojos y reflexionar bastante.

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