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Los ángeles de hielo, de Toni Hill

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Hay un aspecto que todo lector, en un momento dado, ha buscado en un libro: olvidarse de lo que le rodea. Bien sea por la forma o el fondo, esa sensación, indescriptible en su esencia cuando intentamos ponerla en palabras, es uno de los momentos más estimulantes a la hora de leer. ¿Cuál es, entonces, el contrapunto a esa sensación? ¿Qué es lo que la hace tan especial? Mi teoría, nada contrastada, es que la vivimos con más intensidad por las pocas veces que podemos decir eso de un libro. Por defecto más que por exceso. Así que cuando una obra llega al lector de alguna manera, éste se encuentra atrapado en una tela de araña que no le dejará descanso hasta que la última página haya llegado a sus manos – y en ocasiones, ni siquiera en esa situación -. Y ahí sí es donde un libro termina por ganarte la partida y se queda contigo para siempre. Los ángeles de hielo no esperaba que lo hiciera. Siempre he creído que hay que ir con la verdad por delante. Y no lo esperaba porque, aunque en principio el argumento me interesaba, tiendo a desconfiar de toda publicidad que avale una novela como “la revelación literaria del año”. Pero he aquí que, por azares de la vida, el que suscribe empieza a leer y se ve navegando por un libro que no se esperaba, que le deja sin palabras y que le sumerge en esas oscuras aguas que son la mente humana. ¿Prejuicios? Tendré que empezar a dejarlos a un lado.

Barcelona, 1916. Frederic Mayol, psiquiatra, se enfrenta a una nueva vida en un sanatorio cercano a Barcelona. Pero aunque en apariencia la clínica y sus alrededores parecen idílicos, pronto se verá inmerso en una red de obsesiones que le llevarán a una verdad que en vez de liberarle estará presta a devorarle y a convertirse en su condena.

Suele decirse, no sé si acertada o equivocadamente, que los seguidores de las novelas de intriga son unos de los lectores más críticos que existen. Es muy posible que, en alguna parte, hay alguien que esté asintiendo. En cualquier caso, aunque no me considere un lector acérrimo de este tipo de literatura, últimamente han sido varias las novelas de este género que han caído en mis manos y sí puedo decir una cosa sobre ellas: si no consiguen atraparte, olvídate de ellas. Suele ocurrirme, además, que tiendo a dar cada vez menos oportunidades a aquellas obras que, desde el principio, no consiguen hacerme encajar a los personajes o tienen algún elemento que destaque. Los ángeles de hielo, por ejemplo, crea confusión al principio. Un estilo pausado para que nos centremos en la historia es lo que puede causar un poco de rechazo en alguien como yo que tiende a ser impaciente y a buscar la acción desde el primer momento. Pero como decía al principio, es muy posible que los prejuicios, y sin saber muy bien por qué, los haya dejado a un lado con Toni Hill. ¿Qué me ha ofrecido, por tanto, para que yo termine por llegar a su final y crea que es una de las novelas más interesantes de este primer semestre del año? Su ambientación, la documentación que presupongo que hay detrás, esa capacidad para meternos de lleno en las calles, en la mente, en la oscuridad del género humano. Una novela que, comparándola con su anterior trilogía, engrandece el universo que el autor ha ido creando a lo largo de estos años.

Nos olvidamos muchas veces de ver la obra en su conjunto. Cierto es que, después de muchos libros y de otras cuantas reseñas a mis espaldas, es muy difícil que algunos de los automatismos que se me han creado a la hora de leer desaparezcan. Pero hay ocasiones, como la que sucede con Los ángeles de hielo que te devuelve, de alguna manera, la fe en eso que llamamos en algún momento literatura y que algunos olvidaron por el camino por la desvalorización de la calidad. Toni Hill sorprende, y lo hace con esa soltura de quien emprende una misión que puede parecer inabarcable pero que, poco a poco, consigue trasladar al papel todo aquello que llevaba en su mente. Conscientes como somos todos de lo que nos deparan en muchas ocasiones los libros, dar con una historia que te permita esbozar una sonrisa de satisfacción y te permita, de paso, conocer otra época de la mano de una buena ambientación es, cuanto menos, digno de mencionarse, de recomendarse, de no tener miedo a que suene todo demasiado complaciente. Al fin y al cabo, ¿por qué no decir todo lo bueno de un libro si es lo que nos ha parecido?

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