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Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías

Mañana en la batalla piensa en mí

Mañana en la batalla piensa en míCada día que pasa estoy más seguro de algo: un buen libro es aquél que al terminarlo nos cuesta definirlo. Podemos contarle a alguien de qué va, pero ese resumen nunca será completo ¿Es Cien años de soledad la historia de una familia a lo largo de varias generaciones? Sí, pero no es solo eso y no es principalmente eso ¿Es El Quijote la historia de un loco caballero andante que sale a enderezar tuertos y deshacer agravios? Sí, pero no es solo eso y no es principalmente eso ¿Es, Mañana en la batalla piensa en mí la historia de un hombre que queda con su amante y tiene que lidiar con su sorpresiva muerte?

Sí, pero no es solo eso y no es principalmente eso.

Leer a Javier Marías es leer y escuchar y pensar en todo aquello que fue, pero más que nada en todo aquello que no fue. O que pudo ser.

Cuando Víctor Francés decidió aceptar la invitación que le hizo Marta Téllez (pasar la noche juntos), el abanico de pensamientos sobre lo que pasaría esa noche podría haber sido amplio, pero seguramente lo que jamás hubiera imaginado (ni él, ni nosotros en esa misma situación) es que su ahora amante moriría repentinamente instantes previos al encuentro amoroso. Nadie puede esperar que la muerte se presente en un momento como ese, que llegue con su daga en un momento inesperado y convierta la escena en algo absurdo se mire por donde se mire. Pero puede pasar, como tantas otras cosas que descartamos por la misma absurdidad o por no querer pensarlas, que es una manera de evadir un mundo en el que la muerte y la delgada línea que separa la vida de la no vida es más delgada de lo que pensamos y que podría ocurrir ahora mismo, mientras escribo esta reseña que entonces ya no será publicada, a no ser que mi mujer la vea inconclusa y decida homenajearme con su publicación.

Atrapado por semejante comienzo, el lector no podrá dejar de leer, pero el ritmo de Javier Marías no se lleva bien con la prisa y una buena novela, hay que decirlo, no es aquella a cuyo final deseamos llegar, sino todo lo contrario. Las grandes novelas tienen caminos, no finales.

Y aunque esta novela culmina, como todas, y de muy buena manera, el placer al leerla, al menos para mí, radicó en su contenido completo, en esas centenares de páginas en las que el estilo Marías se hace presente y que, cercano a Saramago, se compone de pensamientos, análisis, conjeturas y vueltas y revueltas por ese maravilloso mundo que es la mente humana y sus razonamientos ¿Cómo actuar ante una situación como la que le toca vivir a Víctor Francés? ¿Qué responsabilidad tiene uno ante un hecho como ese, la muerte de alguien a quien hace minutos apenas conocíamos? ¿Cómo afecta a cada uno de aquellos que conocían a la fallecida y cuanto de lo desconocido sale a la luz con la llegada de la oscuridad?

El mundo y las decisiones que vamos tomando segundo a segundo generan efectos y consecuencias en tal cantidad que abrumaría a aquel que se pusiera a pensar realmente en eso. Qué hubiera pasado sí, no dejan de preguntarse Víctor Francés y Javier Marías en cada una de las páginas de este hermoso libro. Qué hubiera pasado si él no hubiera aceptado la invitación, o si no se hubiera escapado del lugar de los hechos o si se hubiera quedado o si hubiera llamado al marido engañado, o si no lo hubiera hecho… Esos caminos sin explorar son los que marcan la línea de escritura de este fantástico escritor. Porque nuestras vidas, y así las contamos en las biografías escritas y no escritas, están compuestas por todo aquello que hicimos y todos estamos de acuerdo en pensar eso, cuando la realidad marca que detrás (o al lado) de todo lo que hicimos se encuentra todo lo que no hicimos, callamos, negamos, omitimos o queremos olvidar. Y también, acompañando, está todo aquello que podría haber sido en caso dé.

Leer a Javier Marías es como meterse en el cerebro de una persona para escuchar y transcribir todo lo que esa voz interior, que todos tenemos, tiene para decir. La otra voz, la que escuchan todos, es la menos interesante.

Cuando terminé de leer Mañana en la batalla piensa en mí, me costó definirlo. Y entonces supe que estaba ante un gran libro. Y que debía reseñarlo.

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