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No pasa nada y si pasa, se le saluda

no pasa nada y si pasa se le saluda

No pasa nada y si pasa, se le saluda, de Raquel Martos

no pasa nada y si pasa se le saludaSi tu voz fuera el personaje de una novela, ¿cuál sería? ¿El protagonista o sólo un secundario más? La realidad, esa que se intenta imponer muchas veces para desbaratar nuestros planes, puede ser nuestro peor enemigo. Pero hay algo que nunca falla: nuestra voz nos dice quiénes somos, cómo queremos vivir, e incluso cómo queremos sentir. Somos esos protagonistas, porque sí, lo somos, que toman las riendas de su vida y escapan de todo aquello que les hace mal, que les ataca el nervio, que les produce úlcera de estómago y que se alejan de lo estridente que puede ser el día a día. La vida, como en la mejor de las canciones, es una melodía que resuena dentro y que nos recuerda momentos que jamás hubiéramos pensado en vivir y otros instantes que es mejor no recordar. Pero por encima de todo eso, estamos nosotros, está nuestra voz, ya sea grave o aguda, ya sea entrecortada o llena de gritos, que es nuestra identidad y uno de los mayores tesoros. No pasa nada y si pasa, se le saluda es una voz entre el océano de voces, es una mujer que actúa sin pensar, es una mujer que lo tiene todo pero que no se da cuenta, y es esa historia de todos nosotros que vive luchando, peleando, batallando, por encontrar su sitio en ese mar embravecido de sonidos que son las voces de los demás y que intentan, y a veces lo consiguen, apagar su propia voz. Es un canción que abriga y que calienta cuando, en pleno invierno, las temperaturas caen en picado.

Carla ha perdido su voz y es su medio de trabajo. Durante seis semanas tendrá que estar callada y relacionarse con el mundo en silencio. Lo que parece una desgracia se convertirá en un regalo para esta chica que sueña y vive para que su voz, en algún momento, sea escuchada realmente.

 

Las novelas son como una banda sonora de nuestra vida. Elegimos las historias que más nos han marcado, las hacemos nuestras, y con ellas conformamos una especie de camino que vamos describiendo para que la gente nos conozca. Será el invierno, será quizá que yo últimamente estoy más sensible de lo normal, será, puede, no lo sé, que yo siempre he necesitado este tipo de historias para amarrarme más a la vida que, en ocasiones, intenta escaparse, pero la nueva novela de Raquel Martos supone ese oasis perfecto en el que evadirte, en el que dejar los problemas a un lado y descubrir, como si fuera un pequeño maestro el que hablara a través de las páginas, que no todo está perdido y que nosotros somos los principales héroes de nuestra propia historia. Pasamos la vida mirando cómo suceden las cosas, pero sin tomar partido por aquello que realmente deseamos. Y eso es una mierda, se mire como se mire, porque implica la mayor de las decepciones: no nos movemos por conseguir lo que tanto ansiamos, sino que pensamos que no nos lo merecemos, que no somos lo suficientemente buenos como para conseguirlo. No pasa nada y si pasa, se le saluda es esa especie de patada imaginaria que desequilibra lo que ya habíamos conseguido y nos anima a ponernos en marcha para construir algo completamente distinto, algo nuevo y siempre mejor, dejando a un lado las espadas de Damocles que penden sobre nuestras cabezas, o las mochilas que sólo están llenas de piedras, de piedras que hemos ido recogiendo en el camino en un alarde de masoquismo que poco tiene que ver con el placer.

Recuerdo que cuando era pequeño mi vida se basaba en dos elementos bien diferenciados: los libros y los amigos. Poco importaban otras cosas (por no decir que nada, al fin y al cabo, yo era un niño y todo lo demás no era relevante). Quizá suene presuntuoso decir que esta novela de Raquel Martos ha conseguido trasladarme a esos parajes en los que un niño sonreía porque sí, sin mayores pretensiones, queriéndose tal cual es y entendiendo que lo que vivía era lo que realmente deseaba vivir (aun sin él saberlo). No pasa nada y si pasa, se le saluda es una pequeña alegría en este universo caótico de malas noticias diarias, es esa balsa en la que nos introducimos y que nos ayuda a navegar un mar que intenta expulsarnos a toda costa. Es como ese aroma a pan recién hecho que a todos nos llena por dentro al entrar en nuestra panadería y que nos acompaña a lo largo de todo un día, como si no hubiera otra cosa sobre la que pensar, sonriendo porque haya aparecido en un momento determinado, en el instante adecuado, en ese universo que todos queremos que cambie pero que no sabíamos qué nombre ponerle. Porque se trata de eso, de vivir nuestra vida, como queramos, como deseemos, con nuestros defectos y nuestras virtudes, sabiendo en todo momento que lo que hacemos es lo que nos dice nuestra propia voz, no otra distinta.

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