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Qué vergüenza, de Paulina Flores

Qué vergüenza

Qué vergüenzaSoy de esos lectores que, por regla general, más que leer devoran los libros. Con prisa, con sagacidad, como si el tiempo que inviertes en una lectura sólo fuese un obstáculo para meterte en una nueva. Con los relatos de Paulina Flores, sin embargo, he tenido que cambiar esta dinámica; para leer y disfrutar de Qué vergüenza, la primera obra de esta joven autora chilena, he tenido que bajar varias marchas a mi motor cerebral. No en vano, sus historias cortas invitan a evadirse y a volver la vista a los buenos y malos momentos del pasado. Con una prosa sencilla pero absorbente, Flores consigue meterte de lleno en los ambientes generalmente humildes en los que sitúa sus relatos.

Es un libro que marida lo bello y lo amargo, lo cotidiano y lo inaudito de forma muy verosímil, sin fuertes contrastes. Flores tiene un estilo minimalista y desnudo, que no abusa de los grandes artificios y que apunta más al corazón que al cerebro. Los niños cuasi monopolizan los papeles protagonistas y son los personajes más cuidados y atractivos del libro. Al fin y al cabo, la nostalgia es el tema que sobresale en este trabajo y los más pequeños consiguen transmitir mejor que nadie ese mensaje de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Como curiosidad, decir que algunas de las palabras y expresiones que utiliza la autora nos costará un poco entenderlas a los lectores españoles, pero a nivel general es un libro que se entiende muy bien y cuyas historias no resultan demasiado extrañas a este lado del charco. Como no me gusta desvelar demasiado de los argumentos (y menos en el caso de narraciones que ocupan en torno a unas treinta páginas) voy a dar unas pequeñas pinceladas de lo que me ha transmitido cada uno de los relatos de este libro:

  • Qué vergüenza: llamativa historia para abrir boca. El drama del paro y el desgaste que éste produce en las familias en todo su esplendor y aspereza.
  • Teresa: un relato donde abunda la nostalgia por la infancia perdida, con un desarrollo vibrante y uno de esos finales que no se van de la cabeza en un buen rato.
  • Tahualcano: menos inspirado que la media para mi gusto, cuenta la historia de un grupo de amigos que deciden planificar un robo que poco a poco va degenerando. Con samuráis incluidos.
  • Olvidar a Freddy: un relato de amor, desamor y recuerdos infantiles que se desvela al lector mientras la protagonista se da un baño. Deja un regusto amargo y punzante. Mi favorito.
  • Tía Nana: breve relato acerca de la importancia de las relaciones personales no basadas en las palabras. Flores consigue crear una fuerte empatía con la protagonista.
  • Espíritu americano: un reencuentro de dos compañeras de trabajo después de muchos años, con aspectos del pasado por cerrar. Ameno y sorprendente en sus últimos párrafos.
  • Laika: breve narración de una niña que quería salir a la playa a ver ovnis. Crudo y desconcertante.
  • Últimas vacaciones: el que contiene mayor crítica social, al hablar de las diferencias económicas dentro de una misma familia bajo la percepción de un niño.
  • Afortunada de mí: es en el que más me ha costado entrar y del que más pena me ha dado salir. El más largo con diferencia del libro, narra dos historias en las que de nuevo convergen la nostalgia y la soledad.

Hasta aquí puedo leer, no sin antes invitar a aquellos que deseen descubrir una nueva (y novedosa) voz de la literatura hispanoamericana a que le den una oportunidad a Paulina Flores y a su Qué vergüenza. Abstenerse lectores Ferraris.

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