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Rosy & John, de Pierre Lemaitre

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La literatura puede ser un simple entretenimiento. Esta frase daría para muchos debates. Algunos dirán que los libros deben contener algo más que simples letras, frases encadenadas, ideas que dan pie a un argumento más o menos elaborado. Y tendrán razón, aunque no en todos los casos. Otros, sin embargo, dirán que los libros pueden ser el medio de evasión más completo que hay y que no le piden más a una obra: pura y simple diversión. Y tendrán razón, aunque tampoco en todos los casos. Sin considerarme ningún tipo de moderador de debates eternos, creo que a la literatura hay que tratarla como un canal donde muchos de nosotros coincidimos – o no – en nuestras impresiones sobre un libro. Todos estos argumentos vienen a colación de mi última lectura, Rosy & John, novela de Pierre Lemaitre, de sobra conocido por aquellos que gusten de la novela policíaca y que devuelve a la primera plana a su protagonista Camille, en un caso que bien podría ser representado en cualquier película de las muchas que pueblan las salas de cine, pero que convierte y considera a la literatura como ese divertimento que, a veces, se nos olvida que también puede ser un libro en concreto. Porque mucho más allá de libros que nos hagan reflexionar sobre nosotros mismos existen muchas otras ofertas que son igual de válidas.

John – o como él quiere llamarse, Jean – hace explotar una bomba en un distrito de París. Horas después se entrega a la policía y advierte: hay más bombas diseminadas por París programadas para estallar. Para que eso no ocurra sólo tiene una condición: que liberen a su madre, Rosie, encarcelada por asesinato. Será Camille Verhoeven quien tenga que hacerse cargo del caso.

¿Qué suele pedírsele a una novela policíaca? En primer instancia, que nos mantenga en vilo hasta que el caso sea resuelto. Rosy & John, a pesar de su extensión – hay que prestar especial atención a las palabras del autor que nos dice que la idea fue concebida para leerse en smartphones – consigue que nos interesemos por qué es lo que esconde realmente el protagonista de esta historia hasta llegar a un punto y final que, sin la necesidad de ser excesivamente original, cierra el círculo a la perfección de lo que se pretende en esta novela. En segundo lugar, que no nos dé las pistas suficientes para que no descubramos lo que sucede antes de tiempo. Pierre Lemaitre sabe a la perfección dosificar los elementos para que nos veamos atrapados en la tela de araña que ha tejido – no son pocos los detalles que nos muestran que algo sucede, que algo no va bien, que algo no cuadra en toda el entramado del caso – y eso se agradece. Por último, al tratarse de un mismo personaje, que no pierda su esencia. Otro de los títulos del autor, Alex, fue una de las sorpresas que más gratas me llevé sin esperar absolutamente nada en un libro. Todos los detalles – aunque no excesivos ya que el autor no da demasiado espacio a la vida personal del protagonista – siguen el mismo curso que su anterior y posterior novela. Tres elementos que, como lector, agradezco en un libro. No hay más razones.

Empecé esta reseña con una clara intención de separar a aquellos que ven la literatura desde un punto de vista intelectual alejada de la – supuesta – superficialidad de la literatura llamada “de entretenimiento”. Todos estos debates siempre me han parecido absurdos. Lo digo así, a las claras, porque, por ejemplo, con Rosy & John he pasado un rato muy estimulante, sin la necesidad imperiosa de quemar mi cerebro en reflexiones filosóficas ni argumentos complicados donde nadie sabe muy bien de qué nos están hablando. Pierre Lemaitre ha sido acusado, por algunos, de no ser un autor serio, de tomarse la literatura como un juego. ¿Qué problema hay con eso? ¿Acaso todos los autores tienen que ver la literatura, el acto de escribir, como un exorcizador de fantasmas? Yo no lo creo. Esta novela, con todos sus fallos, con todos los pequeños detalles que podrían haberse explorado mucho más, es una verdadera carrera contrarreloj y, lo que es más importante, es un entretenimiento puro y duro. ¿Por qué nos empeñamos siempre en buscarle los tres pies al gato?

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