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Rosshalde

Rosshalde

Rosshalde, de Hermann Hesse

Rosshalde

 

En la actualidad existen opiniones que castigan a quienes todavía contemplan al arte plástico con una mirada romántica y dramática. El arte se ha convertido en uno de los negocios más prolíferos y resulta complicado relacionar un cuadro o una escultura con el alma de su creador  y los pensamientos más profundos de ese artista que luego se reflejan en su obra. Hablar de arte desde una posición romántica y comprometida en sentimientos parece desactualizado y fruto de pensamientos de siglos pasados, tan obsoletos como encantadores.

Rosshalde no es una obra de arte, como podrían haber sospechado, sino el nombre de una residencia propiedad del personaje Johann Veraguth, un pintor de profesión. Su familia era pequeña (esposa y dos hijos) y su vida un misterio tan profundo como su alma. La historia se proyecta en una sociedad protocolar y con fuertes valores; una comunidad que podría ser de principios del siglo pasado y donde se debía cumplir con rígidos mandatos sociales.

Las reglas implícitas de la sociedad parecían caer todas sobre Veraguth. Este era un hombre introspectivo, misterioso y sobrio que se dedicaba enteramente a su obra artística. Sin dudas se trataba de un pintor reconocido y de fama mundial que había logrado tener una posición económica abultada. Rosshalde,  con su esplendor y comodidad, era el espejo de la fortuna y el reconocimiento que había alcanzado el pintor.

 

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