
El extranjero, de Albert Camus
Vivir lo cambia todo. Tan pronto como caminas, algo te detiene. En un solo instante estás perdido. Tu rumbo cambia. Ya no eres el mismo. O quizá sí lo eres. Puede que en realidad fueras así siempre. Sólo que la vida te amansó el carácter. La fuerza. Las ganas de combatir. Y caminas por las calles un día tras otro. Sin pensar. Aplicando la máxima de que un día es sólo eso, un día más. Pero algo te cambia. De la noche a la mañana. Como si no pudieras hacer nada por evitarlo. Como si no quisieras hacer nada por evitarlo. Que no es lo mismo. Que todo termina y vuelve a empezar. Convirtiéndote en un extraño. En una imagen que te devuelve un espejo cóncavo. Otra forma de mirar, de vernos, de observarnos. El reflejo de lo que no te imaginaste. Pero en tu casa eres el dueño, y en la calle un simple desconocido. Cambiamos, lo hacemos todo el tiempo. Y contribuimos a crear pequeñas leyendas. Acontecimientos que contaremos más adelante. Cuando ya haya terminado todo, cuando en realidad no merezca demasiado la pena. El tiempo que pasa, las agujas que siguen su curso, el mundo que no espera a nadie. El extranjero que contiene a un hombre, que cambia, que ya no es el mismo, que vaga por las calles, y que es encerrado. La luz y la cierta oscuridad que nos anega, la visión de un cambio, de dos personas dentro de una misma. Un cuerpo dividido, escindido, que nos lleva de la mano a una historia que ya es un clásico. Así es la vida. El cambio, el seguir adelante, el no encontrar el consuelo, o encontrarlo pero rechazarlo.
Un hombre en apariencia normal y corriente comete un crimen. Su proceso judicial nos dará cuenta de lo absurdo de su vida, del sinsentido que la cotidianidad ha gobernado en su existencia.
