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Los forajidos del Misisipí

Los forajidos del Misisipí, de Allan Pinkerton

los forajidos del misisipiParte el tren de mercancías. El lector corre a su lado, lanza su hatillo al vagón y se agarra del brazo que le tiende Pinkerton. Sube. Sólo faltan treinta millas. Cuando cruce la frontera del estado, estará por fin fuera de peligro. Pinkerton le ofrece la petaca. El lector echa un largo trago de bourbon, se seca los labios con la manga, se coloca el sombrero sobre los ojos, y se dispone a dormir mientras su compañero de aventuras entona una triste melodía con la armónica. Vemos alejarse el tren hacia el horizonte, allá donde se pone el sol, donde los bandoleros se gastan los cuartos y los hombres sueñan con encontrar oro. Pero en realidad su destino es aún mejor: una sesión de cine de verano al aire libre.

Porque a primera vista, Los forajidos del Misisipí podría parecernos un spaguetti western al que no le faltan ni un solo ingrediente: asaltos a trenes, tiroteos desde una casa rodeada, linchamientos, arenas movedizas, forajidos que consiguen escapar y ocultarse durante días entre los maizales, barcos de vapor que surcan el Misisipí y cuatreros que mueren atrapados entre las palas de sus ruedas. Sin embargo, nos encontramos más bien en un mundo donde los duelos de pistoleros al sol de mediodía en la calle mayor empiezan ya a ser cosa del pasado. La conquista del oeste hace tiempo que puede darse por concluida y los crímenes ya no los resuelve el sheriff del condado. Más que un remedo de western, esta obra, como las muchas que escribió Pinkerton, marca el inicio de la novela negra o la de detectives. Hablamos, por ejemplo, de Conan Doyle o de Dashiell Hammet.

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