
Aquí no, ahora no, de Erri de Luca
Se aprende tarde a defenderse de las palabras. Los dardos que, arrancados de la boca, son las palabras construyen un camino que, desde la infancia más ingenua a la vida adulta más sórdida, nos proporciona la existencia y esos recuerdos que se quedan ahí, escondidos, prestos a salir a través de una imagen, de un simple gesto, y que convierten a un ser humano en alguien que se habla a sí mismo, que habla a los demás por el miedo a quedarse vacío, o precisamente por eso, para poder soltar las amarras de la memoria que se filtra entre las rocas y acaban por convertirlas en arena. Es ese placer, el de recordar, el de hilvanar con tiento y, en ocasiones, algo de sabiduría, lo que me trae aquí después de haber caído rendido a Aquí no, ahora no que, como un silencio atronador que se rompe con la palabra más nimia, más suave, más cercana a una caricia con guante de seda, agujerea el alma y la deja desnuda, desplegados ya todos los disfraces que no podremos utilizar porque la evidencia se impone, la verdad dispara fuerte, vuelve a hacerlo para que todo lo que se encuentra en nuestra cabeza salga disparado hacia afuera, explote anegando cada palmo de las habitaciones que nos resguardan, destruyendo las mantas que de pequeños nos abrigaban del frío, de la lluvia, dándonos el calor que nos faltaba o que, simplemente, buscábamos en unos brazos que no eran los que debían protegernos. Un lugar que tras la ventana refleja el mar y su sabor salado, el de un mar que se convierte en hogar, en un nombre propio que muestra los huecos que un corazón, tras su latido inconfundible, crea y degenera, quizá para salvarse, puede que simplemente por necesidad imperiosa de saberse libre, de poder hablar, de poder traducir en palabras aquello que sólo puede describirse si se siente. Ser, por obligación moral, alguien que recuerda y que se construye a través de los recuerdos. A través de la memoria.
