
Las sombras de Longbourn, de Jo Baker
La verdad tiene tres puntos de vista diferentes: el tuyo que me lees, el mío que es desde el que escribo y, después, lo que sucede realmente en el libro. Así pues, no es de extrañar que yo hable de una parte de lo que sucede en Las sombras de Longbourn y que vosotros hagáis la otra parte, puesto que sois el público interactivo que lee la reseña. Pero empezaremos diciendo entonces que aquellos que no tuvieron voz nunca por fin la tienen, y que tras las puertas cerradas de una cocina pueden surgir numerosas vidas, tan dispares entre ellas, que sería imperdonable no acercarse a su existencia. Así que aquí me tenéis, una vez más, encuadrando mis pensamientos y hablando de una de esas sorpresas que no te esperas, que son las mejores, y que compite en maestría y buen hacer con ciertos autores clásicos que, hoy en día, todos conocemos. Porque en los pequeños detalles, en esos que se descubren con la lectura de este libro, es donde reside la importancia de esta novela que bebe de los vientos dejados por Jane Austen y que aporta ese punto de vista que faltaba, rellena esos espacios en blanco que un buen día nos descubrió una novela como pocas y que permanece en el imaginario colectivo de todos aquellos que crecimos con la lectura y con los autores que nos acercaron historias donde darlo todo y dejar el resto para otros menesteres que producen el mismo placer, pero no la misma intensidad.
En Longbourn, la familia Bennet vive a diario y busca que sus hijas se comprometan y sean unas mujeres con futuro. Pero en esa casa hay voces que no se escuchan y que nunca debieron permanecer en silencio. Descubriremos así cómo es la vida en Longbourn a través de los criados, que viven su existencia a las órdenes de los demás. Asistiremos, por tanto, a la libertad de ciertas personas que siempre se olvidan y merecen su importancia.