
Y las montañas hablaron, de Khaled Hosseini
Las decisiones pueden llevarse de dos formas distintas: siguiendo hacia delante con ellas o quedándonos estancados en el más profundo de los abismos, con ellas como única compañía. Son aquellas decisiones que tomamos por el bien, o quizá por el mal disfrazado de un bien común, las que nos llevan a plantearnos cómo ha sido nuestra vida, la de los que nos rodean, para poco tiempo después suspirar, con ese pequeño aire que sale de unos pulmones viciados por lo que nos ofrece la propia naturaleza, y ver aquello que nos traen en forma de consecuencias. En la vida, como en el juego, se toman decisiones de diferente índole, con un calado muy distinto en cada caso, intentando en todo momento que aquello que creíamos necesario hacer no se convierta en nuestra maldición, en nuestro castigo, sin lograrlo en alguna ocasión. Y las montañas hablaron es un mosaico de voces, de voces que arraigan en la tierra, que a veces la sobrevuelan, que deciden postergar para más adelante lo que para ellas estaba destinada, o que, simplemente, deciden abandonar este mundo debido al peso de las decisiones de otros. Es selección natural, la ley del más fuerte, de aquel que sobrevive a pesar de todo, incluso con todo, deseando que después de la batalla, después de la inútil tempestad, llegue por fin la calma.
Un matrimonio decide dar a su hija en adopción. Esa dolorosa decisión llevará incrustada de todas las voces que se ven desequilibradas en sus vidas por aquel momento, por aquel bien que sus padres creyeron necesario y que creó abismos que parecen convertirse en insondables.


