
La extensión de mi cuerpo, de Walt Whitman
Ilustrado por Kike de la Rubia
Hay momentos en los que la vida te depara lo más grande, el conocimiento más absoluto, y después instantes en los que tu desconocimiento te hace quedarte en la sombra, en un recodo donde la oscuridad había hecho mella, lo había anegado todo, convirtiéndote en alguien ignorante, que no había llegado a conocer lo que le podía deparar aquello que le esperaba. Sucede que a mí, en algunos pedazos de tiempo, mientras leo me van sucediendo todo tipo de cosas, como si estuviera instalado en una montaña rusa que estuviera a punto de hacer una bajada fulminante, con los pulmones casi sin aire, los latidos del corazón revolucionados, y el sudor de estar ante algo extraordinario resbala por mi cabeza y me convierten en alguien apasionado por lo que está descubriendo. La extensión de mi cuerpo es uno de esos relámpagos que suceden por la noche, a lo lejos, pero que notas cómo se acerca, como van creando la tensión que ha de descargarse, que ha de nacer de los ojos, en especie de lágrimas que ya es nuestra lluvia, o incluso de pasión que eriza el vello e incluso la piel, recorriéndola con un escalofrío de placer, del absoluto placer de estar viviendo algo que merece la pena, que se vive, que se siente, que convierte la experiencia lectora en todo un acierto, en ese dardo que se clava en el centro de una diana que imaginamos enfrente, ahí, cerca, extendiendo nuestra mano y pudiendo tocarla para convertir todo lo que acontece en un éxito, en el mejor de los resultados, en un círculo perfecto donde todo cabe y todo tiene sentido. Esto no es sólo un poemario. Esto es lo que todos estamos buscando.