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Piel de lobo, de Lara Moreno

Piel de lobo

Piel de loboSon muchas las lecturas que de una forma u otra le tocan a uno alguna fibra sensible, Piel de lobo desde luego es una de ellas, pero lo hace de una forma muy particular. Al principio, la prosa lírica y hermosísima junto con el innegable poder de la escena inicial le hacen a uno pensar que está ante una obra de una sensibilidad y una belleza tan infrecuentes como destacables. Y es así. Pero según avanza la novela y las complejidades de los personajes se van desplegando ante los ojos del lector, conforme sus errores, sus debilidades y sus dudas se hacen gigantes y son tratadas por la autora con el mismo cuidado y respeto que sus aciertos, sus fortalezas y sus certezas, se va dando uno cuenta de que es más que una novela hermosa y sensible, es profundamente humana. Dura cuando debe serlo, directa en ocasiones y narrada siempre desde una voz honesta, original y que probablemente pronto sea considerada como imprescindible en nuestras letras si no lo es ya.
La protagonista, si es que lo es, que a estas alturas me permito dudarlo, lee, entre angustia y angustia, un libro que casualmente leo yo entre lectura y lectura, un libro francamente extraordinario (Confesiones, de Marina Tsvietáieva) que Lara Moreno consigue integrar en su historia de un modo francamente brillante. ¿Y cuál es esa historia?, se preguntarán. Pues tengo para mí que no es la que parece, que esa desintegración de un matrimonio, la reconstrucción de la vida en solitario, la maternidad, la familia no son el alma de Piel de lobo. Y lo parecen, créanme que lo parecen y eso lo digo como muestra del talento narrativo de la autora. Diría, sin explicarlo demasiado para que lo descubran por si mismos que el tema central está más cercano a la incomunicación que al desamor, aunque ambos se relacionen. Y diría aun más, el alma de la novela es especialmente visible en la última frase de la novela, que puede que sea la conclusión de un texto más brillante de cuantos he leído en mucho tiempo. Sacada de contexto es una frase normal, no es una cuestión de estilo, de gramática ni de vocabulario, pero ahí puesta, en ese sitio exacto, deja al lector con la boca tan abierta que probablemente tenga que recurrir al gato hidráulico del coche para volver a cerrarla.
No esperarán que se la cuente, ¿verdad?
Otra cosa que me ha gustado mucho es que Lara Moreno, a quien no conocía, mira a todos los temas a los ojos. Igual da que sean los sentimientos, a menudo contradictorios (y de una forma de la que no se suele escribir) de una madre que de las relaciones sexuales, de la infidelidad o de la infancia. Con crudeza si es necesario pero siempre con elegancia y sin concesiones. No intenta la autora presentar a sus personajes mejores de lo que son, no juega a establecer vínculos afectivos con los lectores artificialmente, no busca que la empatía se establezca en base a la simpatía o a la lástima sino a la sinceridad. A la vida.
Cuando acaba el libro uno se da cuenta del repaso que en Piel de lobo se da a las relaciones entre hermanas, entre madre e hijo, entre hija y madre, entre marido y mujer, entre nieto y abuelo, entre primos, entre desconocidos. En fin, algo muy parecido a lo nos pasa a todos a lo largo de nuestra vida, todo tiene consecuencias y afectan a muchas personas, pero no deja de sorprender que este libro comprenda tanto y tan bien de ésta. La de los personajes, claro, pero también la nuestra.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Por si se va la luz

Por si se va la luz

Por si se va la luz, de Lara Moreno

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Somos depredadores. Animales que buscan llevarse a la boca emociones, libando como lo hacen las abejas, hincando nuestro aguijón para después succionar aquello que tanto ansiamos. Somos animales que huyen de los miedos, que se refugian en cavernas de ladrillo y lumbre, de arbusto y páramos donde los otros animales no pacen, sino que también se esconden de aquello que les hace sufrir. Buscamos el equilibrio, la distancia, somos capaces de entregar todo lo que teníamos, para dejar atrás aquello que nos lastra, que nos une a la tierra, a aquella desconocida que nos devora la piel, que nos la arranca de cuajo y nos deja sólo con el interior, expuestos y a merced de cualquier elemento que quiera arrastrarnos al vacío. Por si se va la luz es un exponente de la rabia que nace dentro, que sale de nuestro cuerpo y que rodea las habitaciones que ocupamos, los caminos por los que nos perdemos, la vida que se nutre de decepciones y de secretos, de huidas y escapes, de mentiras y verdades a medias. Porque nosotros somos depredadores. Moradores de aquello que no quisiéramos conocer, pero que caminamos a través de los pasillos de una casa, a través de sus habitáculos, mirando alrededor buscando fantasmas, nuestros propios fantasmas, que nos dicen en susurros que nuestra huida no ha servido para nada porque como bien dijo Cavafis, la vida que aquí hemos destruido la hemos destruido en toda la tierra. Y al final nos queda sólo una mordida que dar, la que nos dice quién tiene que morir.

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