
Hilda, de Marie NDiaye

Una fábula moderna, en forma de breve obra de teatro, sobre la relación entre el poderoso y el sometido.
Algunos conceptos, generalmente los más importantes, no precisan de grandes discursos para ser transmitidos. Es el caso de Hilda, una brevísima obra de teatro que puede leerse como un relato en apenas veinte minutos. Su argumento es básico: la relación entre dominante y dominado, entre poderoso y sometido. A partir de esta idea, sobre la que se han escrito multitud de libros, desde farragosos ensayos a dramas desgarradores, Marie NDiaye compuso una sencilla pieza teatral –tres personajes y menos de cien páginas, sin indicaciones, sólo diálogo– que, por su tono de fábula clásica, puede calar más en la conciencia del lector que los miles de páginas que han tratado el tema anteriormente.
La señora Lemarchand quiere contratar una sirvienta, pero no está dispuesta a conformarse con cualquiera. Está buscando a una chica trabajadora y disciplinada, eso queda por descontado, pero hay más requisitos. Tiene que ser francesa; la señora Lemarchand está harta de esas indolentes muchachas extrajeras. Necesita una mujer hermosa, ni flaca ni gorda, “que se preocupe de su aspecto. Mi sirvienta va a tener que ocuparse de mi casa y de mis hijos. ¿Cómo va a hacerlo como es debido si ni siquiera es capaz de vigilar su propio cuerpo?”. Debe ser despierta, elegante, discreta… la lista de exigencias es interminable.