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En tiempo de prodigios

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En tiempo de prodigios, de Marta Rivera de la Cruz

en tiempo de prodigios¿Cuánto necesitamos para rompernos por dentro? Como si fuéramos balsas en un mar de tormenta, nos enfrentamos al día a día, a los pequeños sinsabores, a las desgracias más grandes, con una dosis de valentía que requerirían novelas grandiosas. Pero a veces, cuando el mar azota demasiado, cuando nos zarandea como si fuéramos un trapo viejo, cuando no vemos la salida, nuestro cuerpo se quiebra, se rompe, se hace añicos y las numerosas piezas que saltan, que se convierten en pequeñas miguitas de pan que tener que ir encontrando, se quedan estancadas en el tiempo. En tiempo de prodigios es una vida, una vida que se convierte en libro, o dos vidas que se cruzan y que se salvan una a otra, que se ligan como las salsas caseras, las de una madre a la que guardamos el recuerdo, la voz, todo lo que ella conllevaba. Somos seres afincados en las imágenes, en lo que recordamos y no recordamos, en los vacíos que llenamos con palabras, en un sillón con mantas que nos abriga del frío que hace allí fuera, en la realidad, tan tranquilos nosotros en el mundo del hogar, en la lumbre que calienta pero no ahoga, porque ya lo hace demasiado la vida real, la que se escapa siempre entre los dedos cuando queremos apresarla. Será que vivimos en tiempos revueltos, tanto que, sin pretenderlo, nos vemos hablando, conversando, llenando espacios. Necesitamos parar, observar, contemplar el mundo, y después ser parte de él, de sus elementos, para que no nos convirtamos en nadie. Esa conversación, ese llenar la vida con historias, esas palabras nacidas para ser contadas, son la vida de la que se nutre esta novela, que guardo en el recuerdo, que viaja conmigo desde hace años, a la que visito en numerosas ocasiones para perderme en su texto.

Cecilia se encuentra en un momento de crisis. Su madre ha muerto y ha roto con su pareja. Pero ella, a su vez, es la única que visita a Silvio, el abuelo de su mejor amiga, un hombre con sus luces y sombras y que guarda en su interior una historia que, Cecilia, está a punto de descubrir.

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La boda de Kate

la boda de kate

La boda de Kate, de Marta Rivera de la Cruz

la boda de kateEl amor se mide por las palabras que se dicen a lo largo de los años. O quizá eran los gestos, las miradas cómplices, los silencio con caricia. O puede que una mezcla de ambas cosas. El caso es que el amor perdura, sí, lo hace. A pesar de los años, a pesar de las aceras paseadas, a pesar de los cambios bruscos de temperatura, de los viajes inesperados, de los desengaños que nos hacen trizas. El amor perdura. Y vamos desgranando el tiempo, como si buscáramos en el mismo desierto esa parcela, pequeñita, que nos quite la sed que llevamos arrastrando lustros. Pero caminamos y caminamos, y lo hacemos pese a todo, porque sabemos que el amor perdura, que lo hace con fuerza, de una forma desordenada, de una forma casi mágica, cuando una puerta se abre un día cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera, llevando hasta ti el amor de tu vida. El amor perdura, queridos lectores, y qué agradable es encontrarse con él en La boda de Kate. Un amor sin cortapisas, un amor que huele y se saborea, un amor con mucho tiempo a sus espaldas, que se reencuentra y se enlaza, como aquellas madejas de lana que son tan difíciles de desmadejar. El amor. Sí, el amor perdura. Y lo hace sin avisos. Porque no hay mensaje mejor que el inesperado.

Kate vive tranquilamente en Ribanova. Ha tenido una existencia plácida y ahora disfruta de las rentas que le ha dado el inesperado éxito de las obras de su tío Albert. Pero el tiempo sabe jugar sus cartas. Un buen día, aparecerá en su puerta aquel amor al que rechazó y del que estuvo enamorada desde los viente años. Aparece con una proposición: viene a casarse con ella, a cualquier precio.

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