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En tiempo de prodigios

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En tiempo de prodigios, de Marta Rivera de la Cruz

en tiempo de prodigios¿Cuánto necesitamos para rompernos por dentro? Como si fuéramos balsas en un mar de tormenta, nos enfrentamos al día a día, a los pequeños sinsabores, a las desgracias más grandes, con una dosis de valentía que requerirían novelas grandiosas. Pero a veces, cuando el mar azota demasiado, cuando nos zarandea como si fuéramos un trapo viejo, cuando no vemos la salida, nuestro cuerpo se quiebra, se rompe, se hace añicos y las numerosas piezas que saltan, que se convierten en pequeñas miguitas de pan que tener que ir encontrando, se quedan estancadas en el tiempo. En tiempo de prodigios es una vida, una vida que se convierte en libro, o dos vidas que se cruzan y que se salvan una a otra, que se ligan como las salsas caseras, las de una madre a la que guardamos el recuerdo, la voz, todo lo que ella conllevaba. Somos seres afincados en las imágenes, en lo que recordamos y no recordamos, en los vacíos que llenamos con palabras, en un sillón con mantas que nos abriga del frío que hace allí fuera, en la realidad, tan tranquilos nosotros en el mundo del hogar, en la lumbre que calienta pero no ahoga, porque ya lo hace demasiado la vida real, la que se escapa siempre entre los dedos cuando queremos apresarla. Será que vivimos en tiempos revueltos, tanto que, sin pretenderlo, nos vemos hablando, conversando, llenando espacios. Necesitamos parar, observar, contemplar el mundo, y después ser parte de él, de sus elementos, para que no nos convirtamos en nadie. Esa conversación, ese llenar la vida con historias, esas palabras nacidas para ser contadas, son la vida de la que se nutre esta novela, que guardo en el recuerdo, que viaja conmigo desde hace años, a la que visito en numerosas ocasiones para perderme en su texto.

Cecilia se encuentra en un momento de crisis. Su madre ha muerto y ha roto con su pareja. Pero ella, a su vez, es la única que visita a Silvio, el abuelo de su mejor amiga, un hombre con sus luces y sombras y que guarda en su interior una historia que, Cecilia, está a punto de descubrir.

 

Fue en el año 2006 cuando Marta Rivera de la Cruz nos obsequió a los lectores con esta historia. Por aquel entonces yo era, como decía Gabriel García Marquez, joven, feliz e indocumentado, por lo que las historias que habían caído en mis manos no se vestían con ese traje de rotundidad que me encontré en En tiempo de prodigios. Pongo esto de antemano porque, de seguro, vosotros entenderéis por qué guardo tan dentro de mí esta historia. Fue ese momento perfecto en el que una novela llega en el instante adecuado, cuando te encuentras en una situación tal que leer sus páginas se convierte en el bálsamo que requerías para poder seguir adelante sin la necesidad de mirar atrás, de regodearte, de quedarte estancado en un momento en el que no quieres volver a vivir. Así fue como la leyenda, la historia, la vida que tiene esta obra detrás hizo que tiempo después, cuando ya han pasado ocho años de su publicación, siga siendo una de las historias que recomiendo en mi trabajo porque sí, porque la gente tiene derecho a disfrutar de la lectura, a encontrarse con pequeñas joyas, a visitar obras que no hubieran conocido de otra manera. Y es que esta obra tiene algo de mágico, algo de poso que convierte su lectura en un recuerdo, no sólo en lectura, sino en algo más grande porque se nota desde dentro, desde aquí dentro (estoy señalando mi corazón), que está escrita con la pasión que se necesita para enfrentarse al papel, al argumento, a la vida en definitiva, rompiendo las amarras y los eslabones de una cadena que nos habíamos impuesto.

Marta Rivera de la Cruz siguió escribiendo, nos siguió alegrando, y todas sus obras han caído en mis manos por haber leído En tiempo de prodigios. Fue así como me convertí en el pequeño admirador en la sombra, en el niño que miraba a los autores con devoción, con alabanza, con el brillo de querer encontrar de nuevo aquello que se vivió y que se sintió. Y lo volví a encontrar, en cada una de ellas, bien sea por una palabra, una frase entera, o un simple planteamiento. Son pocas las historias que guardo y recomiendo pasados los años y que, como si fueran una marca de nacimiento, permanecen conmigo y con las personas que me rodean. Esta es una de ellas. Y quizá lo mejor que puedo decir para que me entendáis es que no hay razones, que es una emoción, que algo me liga a esta historia por mucho que los años pasen, que los cuerpos se arruguen y que las circunstancias cambien. Es, pues, un sitio seguro al que regresar. Siempre.

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