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La princesa del Sol, de David Grossman

La princesa del Sol

La princesa del Sol

Dicen que el mundo de los niños desborda fantasía e imaginación. Si eso es así, habría que matizar que dichas fantasía e imaginación están sometidas a unos rigurosos principios: la sencillez y la lógica. Uno puede pensar que fantasía y lógica son términos contradictorios, pero no en el mundo infantil. Para la imaginación del niño, no tiene nada de extraño que un lobo hable, que se haga pasar por la abuela de Caperucita o que luego abuela y nieta salgan vivas de la lobuna tripa. Lo que un niño no podría entender sería que el lobo, antes de zamparse a una u otra, se dijera “¡Dios mío, pero qué estoy haciendo!”. La lógica infantil no permite que los malos sientan escrúpulos.

Por eso David Grossman triunfa con La princesa del Sol.

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El abrazo

El abrazo

El abrazo, de David Grossman

Ilustrado por Michal Rovner

El abrazoUn cuento sobre cómo los abrazos pueden significarlo absolutamente todo

Nos abrazamos. Nos abrazamos por sentir al otro, por reconocerle su lugar, para saludar a alguien que hace mucho tiempo que no vemos, o para despedir a aquel amor que girará la esquina y desaparecerá para siempre. Abrimos nuestros brazos por muchos motivos. Por dar paso a una nueva vida, porque aquello que tenemos no se pierda nunca, para dar la bienvenida a alguien que se convertirá en alguien importante, pero también para dar la bienvenida a alguien que no debería convertirse en ello. El abrazo es un cuento, pero en realidad podríamos llamarlo una pequeña novela. Ese tipo de historias que no necesita de muchas páginas, que no necesita de muchas palabras, para que llegue de improviso, para que se quede con nosotros, para que viva con nosotros para siempre y se convierta, de la noche a la mañana, en uno de esos relatos que pasa de mano en mano, que muchos dedos acarician y muchas bocas susurran, al calor de una noche mágica, al frío de un amanecer de un nuevo día, al viento de un precipicio en el que rompen las olas y que horadan la roca y la moldean a su gusto. Es un sentimiento, no sólo un abrazo, porque en ese contacto, en esos segundos de roce de dos cuerpos que vuelven a tocarse, hay un universo entero que es incapaz de describirse con la exactitud que requiere.

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