
No hay un momento en el que el ser humano, con todo lo racional que es, no haya tenido un momento de debilidad. Instantes en los que nuestra mente retuerce la realidad y convierte la imaginación en realidad, lo falso en lo cierto, lo irreal en algo tan tangible y concreto como cualquier objeto que vemos a través de nuestros ojos. La inseguridad de ser, de no reconocernos, del engaño futuro que no ha sido provocado, de los pequeños detalles que transformados en una globalidad nos hacen descubrir aquellos pliegues de nosotros mismos que no hubiéramos pensado nunca que pudieran ser ciertos. Y todo a través de la palabra, de la confesión, de un diálogo interno o externo, lo mismo da cuando se superponen, en los que Delirio se mueve continuamente, como un navegante a la deriva que no sabe cómo volver a tierra firme, cuándo sus pies tocarán el suelo que, instantes antes, había supuesto su anclaje con el mundo. David Grossman nos traslada a un mundo que puede ser común – por lo escrito sobre el tema – como lo son los celos, pero lo convierte en una historia donde nos descubrirá mucho más de nosotros mismos de lo que nos pensamos. Porque al leer, a veces, en instantes que pueden parecerse pero que son diferentes entre sí, nos vemos cerrando un libro, respirando fuerte, mientras sentimos cómo el cuerpo se relaja después de haber permanecido en tensión durante todo el relato. Y es que los viajes, los que nos transforman, terminan por agotarnos y dejarnos completamente exhaustos.


