
Colegiala, de Osamu Dazai
La debilidad. Esa pátina de podredumbre en la vida diaria. La miseria, el desconsuelo, el no sentirse a gusto en el propio cuerpo, y la melancolía del amor que no se puede recuperar. Un espejo en el que nos miramos sin llegar a reconocernos. Una vida, otra muerte, unos ojos que no llegan a mirar, a observar con la fuerza que debieran. Así es como a veces la vida nos da sus regalos. Los presentes que, en ocasiones, caen en forma de libro, en forma de relatos breves, de cuentos de adultos que acarician e incluso ahogan. Un brindis por la parte oscura, por la parte negra, por la parte nublada en el humor de los seres humanos. La debilidad, de nuevo. Un cuerpo delgado y sin carne, casi diríamos que de un fantasma, que posee los cinco sentidos pero que no usa ninguno con delicadeza. Cartas que se entregan y que no reciben respuesta, y que cuando se recibe no es lo que esperamos. Es, pues, Osamu Dazai el maestro del gremio, el visionario que controla los tiempos en los que nos pudrimos en esa ausencia de motivaciones, en ese mirarnos y no desearnos, en esa relación que se construye a base de decepciones. Un libro que invita a la nada, que invita a no odiarnos porque simplemente nos tratamos con resignación. Somos humanos, pero no perfectos. Somos relaciones, pero puede que no satisfactorias. Somos dos, quizá uno solo, puede que incluso tres, pero en este caso no hay colores, sólo el blanco y negro. Un cuadro que se resquebraja. Una imagen que aparece borrosa. Un mundo explorado hasta la saciedad.

