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Tránsito, de Rachel Cusk

Tránsito

TránsitoTodo se renueva, evoluciona, se transforma, no hay nada que no sea susceptible de mutar. Nuestra existencia está plagada de cambios, y de hecho hay temporadas enteras durante las cuales, como si habitáramos el ojo de un ciclón, el universo entero da vueltas a nuestro alrededor y no tenemos claro cuánto se va a parecer lo que resulte de la caída de nuevo al suelo de los objetos a lo que era nuestra vida hasta entonces.
Faye acaba de comprar una casa en un barrio de Londres donde, por lo general, no podría permitirse vivir. La casa, a cambio, necesita una renovación profunda, de la que no está muy segura de salir con éxito. La tortuosa reforma se convierte en una analogía perfecta de su situación personal: separada recientemente, dos hijos, un trabajo (escribir) que nunca da la seguridad suficiente para plantearse la vida más allá de los años más cercanos y de vuelta en la gran ciudad después de una década viviendo en el campo, no tiene alrededor precisamente muchos asideros.
El tiempo que abarca Tránsito lo pasa Faye entre citas con amigos, contratistas, conocidos y las clases de escritura creativa que imparte, inmersa en escenas muy del estilo de “Las invasiones bárbaras” solo interrumpidas por las llamadas telefónicas de sus hijos y las intervenciones de sus vecinos para hacerle la vida imposible. En ningún momento desentraña el sentido de su vida ni soluciona casi ninguna de sus dudas, así que visto en perspectiva lo que tenemos finalmente es polvo en suspensión, ruido y caos.
Sin embargo, esta mezcla no arroja como resultado una obra entrópica. Al igual que ocurría en A contraluz, su antecesora, Tránsito es una novela ordenada, reposada y tranquila que además no da la impresión de hacerse larga o tediosa. Los capítulos están más compartimentados y quitando el par de capas que constituyen las obras de la casa y sus hijos, el resto de historias que construye Rachel Cusk son efímeras y no vuelven a aparecer en momentos posteriores al que les corresponde. También como ocurría en la anterior, aprendemos sobre la protagonista en boca de otros, a través de las descripciones y de las preguntas de quienes la rodean. Esta manera elegante de narrar ya no sorprende si se ha leído a Cusk anteriormente, pero no deja de tener un mérito extraordinario. La protagonista escucha y pregunta, y a través de su curiosidad aparecen en el texto grandes temas como la soledad, la pugna entre la libertad individual y el compromiso de pareja, el cambio, cómo no, y la manera que tenemos de enfrentarnos a él. Temas capitales y otros más livianos, la vivienda en la gran ciudad, por ejemplo, porque la realidad tiene estas cosas, que mezcla cal y arena sin que podamos evitarlo, y porque ser intenso mucho tiempo resulta tan cansado como aburrido.
Aquellos que ya estén enamorados de esta autora no encontrarán argumentos para romper con ella después de leer Tránsito. También la disfrutarán los más aficionados a escuchar, los que aprecian que cualquiera les cuente su historia, los empáticos, como ahora está de moda decir. Para mí es una nueva obra redonda de Rachel Cusk, dos de dos, y mención especial otra vez a la traducción de Marta Alcaraz, que, sin haberla comparado con el original, me parece perfecta. Tengo la impresión de que el estilo preciso y detallista del que hace gala el texto no es solo mérito de la autora original, y merece la pena comentarlo.
Después de sus dos primeras entregas queda una tercera, Kudos, que tendría que aparecer en 2018. Las ganas de que llegue, por supuesto, continúan intactas tras recorrer Tránsito.

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A contraluz, de Rachel Cusk

A contraluz

A contraluzLa vida es como nos la cuentan, o como la contamos. Son nuestros relatos los que dan forma a los recuerdos. Más allá del bombardeo constante de fotografías, vídeos y realidad virtual, lo que queda, siempre, es el discurso, la explicación que nos dan o que nos damos. Incluso si no se trata de la verdad, si son solamente medias verdades o mentiras completas. La palabra viaja a una velocidad menor que la imagen, y, sin embargo, cuando llega a la casa de nuestra memoria, ocupa inevitablemente la habitación más grande.
De esto habla A contraluz, una interesante obra de Rachel Cusk que publica Asteroide con una buena traducción de Marta Alcaraz (o eso me ha parecido). Un texto reposado, tranquilo, que no trata de salir corriendo a ningún lado, una novela relativamente corta con una mezcla apropiada de gravedad y ligereza. Inteligente, penetrante, aguda. Melancólica, quizá. Un día de sol al final del verano, con la delicadeza de ese destello destinado a morir que besa las azoteas antes de irse.
No existe un arco narrativo en A contraluz, no hay ningún misterio que desentrañar. A algunos les puede resultar aburrida por eso, lo admito. Para ponernos en contexto, la protagonista es una escritora británica que viaja a Atenas a impartir clase en un curso de verano. Poco más sabemos de ella: está separada, tiene hijos, ronda la cuarentena. En algunos pasajes del libro, como muchos hacemos cuando salimos de nuestro entorno cotidiano, examina su vida desde fuera. Pero ni siquiera en esos momentos nos revela muchos más detalles, de la misma manera que no lo haría alguien que, absorto en sus pensamientos, no trata de explicar a un público desconocido sobre qué está reflexionando.
Si encontramos más datos es gracias a los personajes con los que se va cruzando mientras deambula esos días alrededor de la ciudad. Y a través de sus historias. Son los diálogos (transcritos de formas diversas) los que construyen el núcleo la obra, de una manera que me ha recordado bastante a Las invasiones bárbaras o La gran belleza. La protagonista conversa en profundidad con quienes se le ponen por delante: el hombre ya entrado años que conoce en el avión, sus compañeros escritores, sus propios alumnos. Escucha sus vidas, las partes de sus vidas que quieren compartir con ella, y a veces discute lo que dicen, les lleva la contraria. Un punto que me ha llamado la atención de manera poderosa: el relato que nos presenta de cada historia no es inmutable, la narradora lo matiza, lo acota, disiente de aquello que le parece incorrecto o exagerado. Rachel Cusk convierte así la narración en algo más próximo, en casi un juego participativo. Nos obliga a juzgar a nuestra vez, y, a través de ese juicio, a examinarnos, justo lo que la escritora intenta en sus clases, sin muchos visos de tener éxito.
Los temas de conversación son variados, aunque suelen terminar centrándose en las relaciones, en cómo las construimos y las destruimos, o se destruyen, en cómo resumen nuestra existencia cuando hacemos balance.
Como telón de fondo, Atenas, la protagonista invisible, sale guapísima a veces y horrible en otras, aunque dan ganas en todo momento de zambullirse en su Mediterráneo y dejar pasar las horas muertas.
En definitiva, A contraluz es un texto que no estalla en nuestras manos cuando lo agitamos ni nos hace un agujero en la sien con cada página que dejamos atrás. Pero que, como el café, sí que deja después de consumido un interesante poso en el que la mayoría puede intentar escudriñar su presente y su pasado.
Y también su futuro lector, o al menos yo. Porque se nos promete una serie de tres novelas con la misma protagonista que, después de esta, continuará con Transit. Estoy deseando leerla.

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