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La sociedad Juliette

La sociedad Juliette, de Sasha Grey

La sociedad Juliette

El sexo, en sus infinitas foras es, por describirlo de una manera certera, una adicción. Y como adicción, posee sus dos vertientes, la positiva y la negativa. Por un lado, refresca la vida, nos pone a tono, nos seduce, y nos libera de un montón de tensiones. Por el otro, recibe de nuestra sociedad un punto de tabú ante el que agachamos la cabeza y nuestras mejillas se sonrojan. Es, por utilizar más comparaciones, como un secreto que se dice al oído y que esperas que nadie se entere. El sexo es algo íntimo, algo de dos, o de tres, o de más personas, no seré yo quien ponga el número exacto, que envuelve un espacio y lo llena de las fantasías sexuales de los presentes, de los conocidos y los desconocidos, de los que saben jugar a él sin miedo a quemarse, o de los que se queman a pesar del miedo que le tienen. El sexo es una adicción sí, y de nuevo, en sus infinitas formas, es algo con sus claros y sus oscuros. Pero, si todos tenemos nuestras fantasías, si todos sabemos lo que es el sexo, si todos tenemos claro que el sexo es una necesidad de nuestro cuerpo, ¿por qué nos empeñamos en negárnoslo? De eso trata “La sociedad Juliette” de cómo el sexo vence, nos vence, y nos hace caer en lo oscuro, para después levantarnos sin ser del todo los mismos.

Catherine descubre un club selecto donde poder explorar las fantasías sexuales que no puede llevar a término con su novio. Será entonces cuando se meta de lleno en una espiral de sexo, placer y fantasías sexuales que la pueden llevar a caer en la boca del lobo, de aquel que se comía a las jóvenes que se perdían en el bosque. Porque se dará cuenta de una verdad absoluta: cuando el sexo entra en juego, ya nada vuelve a ser lo mismo.

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