
Si tienes hijos o sobrinos seguramente estarás hasta el moño de ver los dibujitos animados que ponen en las nuevas cadenas infantiles. Dibujitos, en su mayoría, que pasan de demasiado infantiles a estridentes y raritos. Bob Esponja fue el comienzo de dibujitos psicodélicos. Ahora hay unos cuantos que he de decir que me han sorprendido gratamente. Se llaman Gumball o algo así, y fue junto a otras series tipo Sanjai y Craig, los canallas dibujos de un chaval y su mascota serpiente, los que más me han llamado la atención. Quizá por su irreverente carácter rebelde. Si puedes, ponte un capítulo que trataba sobre los personajes extra en la serie de Gumball, de lo mejorcito que he visto desde los antiguos Simpson, los buenos, los que molaban. Bueno, a lo que iba, desde que tengo sobrino veo muchos dibujitos nuevos en la tele. Y también leo algunas cosas más infantiles. Cosas tan tronchantes y divertidas como Teen Titans Go! 1, la nueva serie de cómics relacionada con los Jóvenes Titanes del Universo DC. También tiene su versión televisiva y mantiene el mismo estilo.
Por ser infantil no quiere decir que no la disfruten los adultos. Bueno, no sé si considerarme adulto, pero mis añitos y canas luzco ya, así que algo de eso tendré. Ante todo, lo que tengo son ganas de encontrarme series curiosas y con un toque canalla que me devuelva el placer por leer una historieta, entretenerme y disfrutar de ella. Sholly Fisch, que ha traído de vuelta lo mejor de Scooby-Doo a los cómics, escribe la primera de las dos historietas que componen este Teen Titans Go! 1. En ella, Ciborg quiere descubrir quién se está comiendo su comida de la nevera. Para ello intenta hacer una estrategia de vigilancia total para descubrir al zampón que se come su pastel. Cuando vuelve a abrir la nevera su comida ha vuelto a desaparecer. Pero, ¿cómo? Si ha vigilado toda la noche. Un adorable y pepón Robin quiere descubrir el misterio de habitación cerrada en la que sin que nadie abra la nevera desaparece la comida. Para ello lleva a sus amigos a un inquebrantable interrogatorio que resulta bastante cómico. Como cómico es el desenlace de la historia. Una pizza con un ingrediente especial, posesión demoníaca, será la protagonista. Como dice Raven, siempre es mejor una pizza con ingredientes endemoniados que con piña.
Para la segunda historieta, el equipo creativo cambia pero no así su estilo. Los dibujos, al más puro estilo cartoon que tan bien le vienen a esta serie infantil, le dan ese toque expresivo y achuchable, si se me permite la expresión, a estos jovencitos titanes. En este otro relato corto Beast Boy y Robin apuestan por ver quién ganará en un juego de mini golf. El precio de la apuesta es alto así que deciden jugar sin leyes y ponen en práctica sus poderes y habilidades para conseguir ganar el juego.
Esta serie me ha ganado por su narración amena y divertida, con diversas situaciones cómicas entre los personajes. También su estética y trato adorable hacia los Jóvenes Titanes y el carácter canalla que, como en las series de dibujos animados que comentaba al principio, consiguen hacerme reír y pasar un rato de lo más gratificante. Sin duda lo recomiendo para todo aquel padre, madre, tío o tía que lleva a sus guajes a la tienda de cómics a comprarle sus primeros tebeos.

¡Scooby-Doo! ¿Dónde estás? Sí, así comenzaban los capítulos de los dibujos animados. Así que rescataré siempre este grito de guerra de Shaggy hacia su perruno compañero Scooby para reseñar la serie de cómics. Si se trata de rescatar detalles del programa de televisión ya lo hizo Sheldon Cooper de The Big Bang Theory y fan incondicional de Scooby en una divertidísima escena en la que, escondido en el asiento trasero del coche de Leonard le sorprende mientras este cantaba una canción de los Black Eyed Peas. En esa escena Sheldon, obligado a tomarse unas vacaciones, se niega a quedarse en casa y quiere asistir de incógnito a la universidad. Surge entre ellos un tronchante diálogo en el que se hace alusión a la serie Scooby-Doo. «Si alguien pregunta algo, di que llevas trampas para langostas», dice Sheldon escondido bajo una manta. «¿Trampas para langostas?» responde Leonard. «Sí. Así es como Vilma y Scooby escondieron a Shaggy en el viejo faro».
¡Scooby-Doo! ¿Dónde estás? Grita esto entonando la adolescente voz de Shaggy y ponle música surfera —los Beach Boys siempre son un acierto— y de golpe retrocedemos en el tiempo a esas fabulosas tardes cuando pasaban por televisión los episodios de Scooby-Doo. La serie de Hanna-Barbera se estrenó en la televisión americana CBS allá por 1969. Su estética hippie y cortinillas psicodélicas sugieren que surgió fruto del verano del amor. La serie de dibujos animados trataba de las aventuras de un grupo de adolescentes, Fred, Daphne, Vilma, Shaggy y su glotón y asustadizo perro Scooby que, a bordo de su furgoneta hippie, la Máquina del misterio, recorrían diversos lugares desenmascarando misterios relacionados con fantasmas y fenómenos paranormales. La serie fue la leche. No sé muy bien cuándo llegó a España, pero sí recuerdo la de tardes que pasaba mientras comía, justo antes de tener que volver al cole para dar las pesadas y últimas horas de clase, viéndola con mi hermano pequeño. El tono era más bien ingenuo y ligero, pero molaba mogollón. Las ocurrencias que tenían para resolver los misterios eran muy entretenidas y divertidas aunque los desenlaces se resolvían todos del mismo modo; los malos se ocultaban tras un disfraz cuya careta les quitaban al final.