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Cartas. Edición conmemorativa bicentenario (1817-2017), de Jane Austen

cartasUn libro como este no es simplemente una obra que se compra, se lee y se guarda, es uno de esos ejemplares a los que se reserva un espacio noble en la biblioteca personal, que se revisita y se enseña a las visitas, incluso presumiendo si me permiten el exceso de vanidad. Es uno de esos volúmenes que son mucho más que la suma de las páginas que contiene, un homenaje a una escritora digna de recibirlo como tal, naturalmente, pero leídas estas cartas merecedora del mismo también como persona. No sólo por el cariño que muestra y del que hace merecedora por parte de sus allegados, sino por su elegancia, su sentido del humor y su capacidad de observación. Diría que estas cartas se emparentan con sus novelas en esas tres características, y aunque, lógicamente, la prosa no esté igual de cuidada, si acaso hay una diferencia significativa es el gran número de personajes que abarcan que serían muy difíciles de seguir de no ser por las aclaratorias, pertinentes y agradecidas notas de los editores.

La señora Hall, de Sherborne, dio a luz ayer a un bebé muerto unas semanas antes de lo que se esperaba a causa de un susto. Supongo que miró a su esposo sin darse cuenta (10-1798, p.63)

Su sentido del humor es a menudo ácido, contundente, aunque sin perder la elegancia pero no es eso lo que más me llama la atención de esta recopilación epistolar. Lo llamativo es lo mundanas que son las cartas, dirigidas en su mayor parte a su hermana Cassandra, y cuando digo mundanas me refiero a que son constantes las referencias a asuntos prácticos, materiales, al estado de la cosecha, a la ropa que confecciona, al precio de las compras (algo muy presente y que pone de manifiesto el estado de las finanzas familiares, no especialmente indicado para los gastos superfluos) o a la comida, que por cierto es no sólo casera, o poco refinada si se quiere decir así, sino que resulta especialmente contundente (gelatina de cerdo, goulasch, estofado de cordero con alubias, sopa de guisantes, costillas de cerdo, pudin…). Lo más parecido a caprichos culinarios que aparece en estas cartas puede que sea la hidromiel o la melaza.

La señora Portman no es muy admirada en Dorsetshire, las gentes de buen corazón, como de costumbre, ensalzaron tanto su belleza que todo el vecindario ha tenido el placer de verse decepcionado. (11-1798, p.67)

Encontramos a una Jane Austen familiar, siempre preocupada por su familia y muy apegada a todos sus miembros y a otra Jane Austen cronista de sociedad que mantiene a su hermana informada de cuanto ocurre en su entorno en sus frecuentes cartas, que describe bailes y transmite ecos de sociedad, pero sin perder en ningún momento su incisiva mirada ni, sobre todo, su sentido del humor a la hora de contar las cosas.

No creo haber sido muy solicitada. Todos mostraron gran disposición a no sacarme a bailar hasta que no lo pudieran evitar; ya sabes que las circunstancias de una persona varían de vez en cuando, a veces sin mayor razón en particular. Había un caballero – un oficial de Chesire – un joven muy bien parecido que, según me dijeron, tenía gran interés en que yo le fuera presentada; pero él no lo deseaba tanto como para tomarse la molestia de conseguirlo, por lo que no sucedió nada. (17-1799, p.91-93)

Se preguntarán ustedes si eso es todo, si no aparece la Jane Austen escritora. La respuesta es que sí, naturalmente que aparece. Muy tímidamente en la primera mitad de la obra y más intensamente en la segunda, cuando comienza a ser publicada y a conocer el éxito. Sin embargo no son las cartas de una escritora, los comentarios sobre sus obras (excepto en las pocas carta dirigidas a su editor o al responsable de la biblioteca real) son tan aparentemente casuales como aquellos que le dedica al precio de una tela que acaba de comprar o a la receta de un plato que solicita. Tal vez sea más apropiado utilizar el adjetivo “natural” que casual, porque es eso lo que destacaría, la naturalidad con la que se refiere a su obra y a sus personajes.

…y creo que puedo alardear de ser, con toda la vanidad posible, la mujer más inculta y poco informada que jamás osó convertirse en escritora. (132D-1813, p.568)

Sin embargo sí que hay momentos en que sus cartas parecen las de una escritora, cuando no comenta sus propias obras sino las de sus sobrinas, a las que aconseja y corrige de forma tan eficaz como entrañable. Como norma general, aun siendo indudable el inmenso afecto que siente por su familia en general, el tono de la correspondencia con sus sobrinas es diferente, más maternal pero a la vez cómplice. Esas cartas, especialmente las dedicadas a su sobrina Fanny, muestran a una Jane Austen madura y cariñosa, como ella misma diría, debidamente matizado, son unas cartas verdaderamente deliciosas.

He traído tu capa a casa, es realmente deliciosa; tan deliciosa al menos como la mitad de las circunstancias que así se denominan (21-1799, p.108)

Sorprende, o bueno, desgraciadamente no sorprende porque es un tema conocido pero sí resulta difícil de asimilar, el trasfondo social verdaderamente machista en el que logró ser reconocida Jane Austen (Sentido y Sensibilidad se publicó anónimamente como “a novel by a Lady”), lo cual incremente sin duda su ya de por si inmenso mérito. Las primeras cartas sobre su actividad literaria las envían su padre o su hermano, y tampoco parece que los editores la traten con excesiva magnificencia. Incluso cuando le reconocían los méritos hay cierto aire de absurda superioridad en algunos de sus remitentes masculinos como el bibliotecario de la corona que al tiempo que le da muestras tanto de su admiración como de la del príncipe regente, se permite aconsejarle sobre temas de los que escribir, detallando personajes y diversas cuestiones que le gustaría que se reflejaran.

Te espera una carta muy agradable; no estará sobrecargada de temas, pues no tengo absolutamente nada nuevo que contarte. Puedo dar rienda suelta a mi ingenio de principio a fin. (32-1801, p. 153)

La escritora y la persona tienen una cosa en común, su empeño en ser ella misma y en mostrarse como tal. Durante mucho tiempo mantuvo el anonimato en su faceta de escritora y probablemente en gran parte fuera debido a las convenciones sociales de la época, pero quiero pensar que también fue para mantener a salvo su núcleo familiar, ese reducto de libertad en la que podía ser ella misma y sentirse querida al mismo tiempo. El retrato de la familia Austen que se extrae de estas cartas es sumamente reconfortante, es cierto que un sentido de la protección mal entendido llevó a su hermana a mutilar o destruir una parte significativa de su correspondencia, lo que resulta frustrante, pero no lo es menos que resulta muy difícil hacerle ningún reproche.

En resumen, si llegara a vieja, desearé haber muerto ahora, bendecida por la ternura de una familia como la mía, antes que sobrevivir a cada uno de ellos o a su afecto (159-1817, p.636)

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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