Cartas escogidas

Cartas escogidas, de William Faulkner

Cartas escogidas

A lo largo de estas Cartas escogidas, dice Faulkner en varias ocasiones que no aspira a otro epitafio que “escribió libros y murió”, si algo queda claro es que todo lo que quería que trascendiera de él era su obra, y en absoluto su persona. Y estas son cartas personales, escritas sin la menor intención de que en algún momento pudieran publicarse o incluso mostrarse a terceras personas. Muchas de ellas ni tan siquiera son literarias y/o metaliterarias, de modo que uno podría cuestionarse lo lícito de la lectura de este libro. Pero lo que está fuera de toda cuestión es su interés y el privilegio que supone contemplar la mente de un genio. No soy yo quien debe solucionarle el dilema de si leer estas Cartas escogidas o no, de más esta decir cual ha sido mi decisión, lo que sí puedo asegurarle es que si se decide a hacerlo en contra de la voluntad de su propio autor, sin duda lo disfrutará.

…Me gusta ayudar a estas revistas formales, pero tengo demasiadas solicitudes que requieren y necesitan de mi prostitución ortodoxa para disponer de tiempo que desperdiciar, salvo que lo robe a mis horas de sueño…

Habla Faulkner mucho en estas Cartas escogidas, especialmente al principio, de Europa. No sé si alguna vez ha existido eso que los estadounidenses llaman Europa, pero imagino que ese paraíso de cortesía, cultura y urbanidad que describe Faulkner, quien por cierto es extremadamente crítico con los modales de sus compatriotas, pero desde luego si alguna vez existió, hoy reposa en ese lugar donde duermen todas las civilizaciones extintas desde los dinosaurios. Hoy, a cambio, los europeos nos hemos convertido en lo que Faulkner despreció, en turistas estadounidenses en nuestra propia tierra.
En este mismo sentido, cuando la revista Life publicó un artículo que consideró una intromisión en su vida privada, dijo «Los suecos me dieron el Premio Nobel. Francia me dio la Legión d’Honneur. Todo lo que mis conciudadanos han hecho por mi ha sido invadir mi vida privada por encima de mis protestas y amos ruegos. No es de extrañar que no les gustemos a la gente por el mundo, ya que al parecer no tenemos ni buen gusto ni cortesía, y no conocemos ni creemos en nada más que el dinero, sin importarnos mucho la forma de conseguirlo.»

También habla mucho de dinero, un elevado porcentaje de estas cartas escogidas fue escrito por motivaciones económicas, y de esas una gran parte peticiones, generalmente desesperadas, de anticipos y préstamos. Y no sólo en sus inicios, sino siendo ya un autor consagrado. En ese aspecto es desolador. Hay que añadir que la imagen que se desprende de Faulkner en estas páginas es la de una persona notablemente incapaz para las cosas prácticas de la vida, sea la administración de la granja o sus propios asuntos literarios. Respecto a la primera cabe suponer que las granjas deben ser, cuanto menos, autosuficientes, generar suficientes ingresos para mantenerse, lo que no parecía suceder con la de Faulkner, y respecto a su carrera literaria son frecuentes los problemas que se encuentra por haber gestionado él mismo sus propios intereses, y haberlo hecho notablemente mal, lo que no es extraño ya que muy a menudo se ve obligado a solicitar copias de su propia obra, o admite no recordar en absoluto haber escrito relatos sobre los que se le solicitaban permisos para reeditar, o bien comprometerse con más de un agente para la representación de un mismo trabajo. También son frecuentes los problemas con sus declaraciones de hacienda o con Hollywood.

Aquel que dijo que es bueno para el artista hallarse bajo la presión de la necesidad, de las facturas de los carniceros y tendero y del seguro  cerniéndose sobre su cabeza, era un tonto de remate.

Así que aquí le presento otro reportaje. Pocos saben que los indios de Missisippi poseían esclavos; de ahí mi sugerencia de que lo compren. No porque sea un buen reportaje: buenos reportajes hay muchos. Es porque necesito el dinero.

Resultan especialmente emotivas las palabras que, a modo de oración fúnebre, dedicó a Mammy Callie, la mujer que entró a trabajar en su casa como esclava y que prácticamente le crió (es una cita un poco larga, pero hay textos susceptibles de ser resumidos, recortados o extractados mientras que hay otros, como este, que simplemente pueden ser mutilados): Caroline me ha conocido toda la vida. Fue mi privilegio verla sin los suyos. Tras la muerte de mi padre, en May llegué a ver representada la cabeza de aquella familia a la que ella había entregado medio siglo de lealtad y dedicación. Pero la relación entre nosotros jamás llegó a ser la del señor y el criado. Ella siguió siendo uno de mis primeros recuerdos, no sólo como persona, sino como fuente de autoridad sobre mi conducta y de seguridad para mi bienestar físico, y de afecto y amor activos y constantes. Ella fue un activo y constante precepto de conducta respetable. De ella aprendía a decir la verdad, a abstenerme de lo inútil, a ser considerado con los demás y respetuoso con los mayores. Vi lealtad a una familia que no era la suya, dedicación y amor a unas personas que no había engendrado.
Nació en la esclavitud y con una piel oscura y la mayor parte de su madurez inicial transcurrió en una época oscura y trágica para el país donde naciera. Pasó por vicisitudes que no había causado; asumió cargos y penas que ni siquiera eran sus cargos y sus penas. Le pagaron por esto salarios, pero el sueldo es con todo sólo dinero. Y nunca recibió mucho de eso, de modo que jamás ahorró nada de los bienes de este mundo. Sin embargo lo aceptó también sin rechistar ni quejarse, de manera que poe este gran defecto se ganó la gratitus y el afecto de la familia a la que había otorgado la lealtad y dedicación, y consiguió el pesar y la pena de los ajenos que la quisieron y la perdieron.
Nació y vivió y sirvió, y murió y ahora es llorada; si existe un cielo, ella estará allí.

No quisiera olvidar el humor, ese humor ácido que en ocasiones a lo largo de estas Cartas escogidas despliega Faulkner, como cuando comenta un partido de Rugby que perdió, respecto de sus compañeros: Si se muestran tan incompetentes en sus otras dos aficiones como se mostraron en el último partido de rugby es que habrán sido castos desde entonces y estarán ya a punto de reventar.

También resulta muy interesante lo que le dice a su sobrino cuando éste se alista y parte a la guerra: Debes conocer también el miedo. O sea, debes saber la manera de vencer el miedo. Si no puedes sentirlo, es que eres un deficiente mental, un idiota. El hombre valeroso no es aquel que no conoce el miedo; el hombre valeroso es aquel que se dice a sí mismo: “Tengo miedo. Decidiré rápido lo que debo hacer, y lo haré”.

Esto es por lo que se refiere al Faulkner persona, del que me permitirán no diga gran cosa más por el escrúpulo de respetar, aunque sea tarde y poco, su propia voluntad (¿No crees que con tantas personas como parece haber en este país con el deseo de pagar a cualquier precio el salir impresos públicamente, podrían dejar a uno ser tan demente y excéntrico como para no quererlo?)
También tenemos el privilegio de asistir a la gestación de sus obras, de leer como las defiende de las críticas, de aprender con sus consejos a otros autores, de comprobar cómo le rechazaban trabajos a menudo, de compartir o no muchas de las ideas que expone y, sobre todo, de intuir su visión de la vida y sus asuntos. Desde luego no es poca cosa la que ofrecen estas Cartas escogidas. Llama la atención como, siendo ya un autor conocido, le rechazaban numerosos trabajos en revistas y hasta qué punto se mostraba él permeable a las críticas en lo que consideraba trabajos alimenticios, declarándose a menudo dispuesto a modificar sus textos para adaptarlos a las exigencias de las revistas. Sin embargo es bastante más rotundo e inflexible con aquellos textos que consideraba mayores, y es además muy minucioso en lo que se refiere a todas las partes del proceso de edición (márgenes, sangrados, portadas, tipos de letra, etc).

También es remarcable su honestidad intelectual, cómo cuando rechaza un doctorado honoráis causa con el siguiente argumento: «considero que el hecho de que alguien que ni siquiera tiene un título de una facultad de letras aceptara un grado honorífico representativo no sólo de la categoría más alta de la enseñanza, sino también de un trabajo de postgraduado, desvaloraría y anularía todo el proceso de la docencia.»

Mención aparte merece su colaboración con el Departamento de Estado de su país, en virtud de la cual escribió algunas opiniones políticas por un lado sorprendentemente incisivas para alguien tan poco dotado para las cuestiones prácticas (en referencia a Stalin y la unificación de Alemania, por ejemplo), a la vez que extraordinariamente cándido en sus recomendaciones sobre la postura moral que debiera adoptar la política exterior de su país. Destaca en este sentido entre estas Cartas escogidas la negativa a participar en una visita a Rusia, negativa de argumentación impecable que es además la única de las ocasiones recogidas en esta recopilación en que se niega a realizar un viaje que le solicita el Departamento de Estado:

Durante largo tiempo he estado pensando seriamente en la invitación a formar parte de un grupo de escritores americanos en una visita a Rusia.
Creo que mi declinación de visitar Rusia como huésped del gobierno ruso sería de mucho más valor en la «guerra fría» de las relaciones humanas que mi presencia allí.
La Rusia con la que he logrado, espero, algún parentesco espiritual, fue la Rusia que produjo a Dostoievski, Tolstói, Chéjov, Gógol, etcétera. Aquella Rusia ya no está allí. No quiero decir que esté muerta; hará falta más que un estado policial para destruir ya mantener destruida la práctica espiritual de los herederos de aquellos hombres. Estoy seguro de que siguen escribiendo con la misma sinceridad sobre el corazón humano como lo hicieron sus grandes antepasados; escribiendo con riesgo de su propia vida probablemente, escondiendo las páginas -las novelas, los relatos, los dramas- debajo del suelo, en la chimenea, en cualquier parte hasta el día (que llegará) en que también volverán a ser libres.
Si yendo a Rusia bajo cualquier condición, e incluso con riesgo o tal vez sacrificio de mi vida (tengo sesenta años y probablemente ya he hecho todo lo bueno de lo que era capaz), pudiera liberar una Ana Karenina o Cherry Orchard, lo haría.
Pero ir allí ahora, como un invitado del actual gobierno ruso que, según creo, ha soterrado y si pudiera destruiría a los herederos de los viejos gigantes del espíritu ruso, no sólo sería una mentira sino una traición. Si yo, que durante toda mi vida he tenido la libertad de escribir la verdad tal como la veía, visitara Rusia ahora, el hecho no incluso la apariencia de tolerar la situación que ha establecido el actual gobierno ruso sería una traición, no a los gigantes: nada puede perjudicarles, sino a sus herederos espirituales que arriesgan sus vidas con cada página que escriben; y una mentira en tanto que toleraría la vergüenza de aquellos que podían haber sido sus herederos y que han perdido algo más que la vida: a los que se ha destruido el alma por el privilegio de escribir públicamente.
Lamento esta decisión. He visto algunos rusos modernos aquí y allá, miembros de embajadas y consulados. Entre los asustados y atormentados grupos de estos hombres occidentales en que les he visto, ellos se erguían como caballos sumergidos hasta las rodillas en una charca llena de renacuajos asustados. Si son una buena muestra de los rusos de hoy, lo que nos salva al resto de nosotros es el comunismo. Si los rusos fueran libres, probablemente conquistarían el mundo.

Mención aparte merecen sus consejos a escritores noveles: Pon pasión en ello, pero domínala. No trates de decir al lector lo que quieres decir, sino haz que él se lo diga a sí mismo en tu lugar. O bien: no tiene importancia si usted escribe o no; escribir sólo es importante cuando se quiere hacerlo, y nada nada nada más que escribir será suficiente para devolverle la paz.

Si a alguien le quedan aun dudas sobre si debe leer estas cartas escogidas o no, lo diré con las propias palabras de un Faulkner, muy joven aun, a una tía suya: eres una magnífica corresponsal (no, quiero decir una magnífica escritora de cartas). Un extraño incluso podría por tus cartas adivinar el color de tus ojos. De William Faulkner, sin duda a su vez otro magnífico escritor de cartas, si voluntariamente el color de sus ojos no se trasluce, sí lo hace el de sus ideas, el de su vida. Escribió libros y murió, sí, pero también escribió cartas y vivió, y aquí están estas escogidas para permitirnos vislumbrar cómo lo hizo.

Andrés Barrero
andres@librosyliteratura.es

3 comentarios en «Cartas escogidas»

  1. Bellísimos los párrafos dedicados a Mammy Callie. También me ha llamado la atención que Faulkner parezca compartir con otros genios literarios la ausencia de espíritu práctico. Siempre me acuerdo de Juan Ramón Jiménez, un genio descomunal en lo literario, pero incapaz de sobrevivir sin su Zenobia.

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  2. Gracias a ambas, seguro que no os decepciona. Leire, es curioso que hayas escogido precisamente a Juan Ramón, hace un tiempo visité su casa y saqué la misma impresión que tú. Zenobia es un personaje que me llama mucho la atención.
    Un abrazo,

    Andrés

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