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Casa de muñecas

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Casa de muñecas, de Patricia Esteban Erlés

Ilustrado por Sara Morante

casa de muñecasLa vida – oscura, macabra, con sus sombras agazapadas en los rincones – se asemeja mucho a una casa por donde viajamos y nos encontramos a nosotros mismos, a los otros, a esos seres que nos acompañan por el camino. En cada una de las habitaciones que nos resguardan, encontraremos la paz aunada con la guerra, la decepción amando fervientemente a la confianza o incluso a la muerte jugando al ajedrez con la existencia. Un juego de luces y sombras que, como en un teatro antiguo, proyecta sobre nosotros un perfecto reflejo de lo que somos en el interior. Casa de muñecas no es un libro, aunque en realidad sí lo sea. Porque lo que aquí se narra es un viaje por una casa inventada, por una de esas casas tan populares entre las infancias y la ingenuidad, desestructurando los pilares, convirtiéndolos en arenilla, para poco tiempo después hacernos ver que lo vivido está envuelto en una pátina de oscuridad, de macabro realismo, de la negrura convertida en arte, en ese arte al que todos damos la espalda y negamos, pero que está ahí, escondido en los surcos de nuestra piel, en la imaginación movida por lo que leemos, por lo que vivimos, por lo que sentimos, o por lo que, simplemente, observamos, en una especie de batalla campal donde todo salta por los aires. Ya no habrá habitaciones que nos guarden, porque en realidad ellas han sido siempre una jaula de oro en la que nos sentíamos cómodos, pero no podíamos salir. No es un libro, es una experiencia, y como tal me dispongo a introducirme en su mundo con la única verdad que tengo a mi alcance: las palabras que son, en última instancia, lo que nos une y nos separa a partes iguales.

 

¿Cuántas veces he escuchado, a gente que me rodeaba, que leo cosas muy extrañas? Quizás cientos, ya que en cada libro que tengo en mis manos, hay un elemento que resulta extraño – o al menos yo peleo porque sea así – en el que me inmiscuyo y lo convierto en parte de mí, como si fuera una pequeña extensión más de mi cuerpo. Casa de muñecas, por seguir con la comparación, podría ser el brazo que yo utilizo para escribir en papel: un miembro imprescindible por necesario y sin el que no podría vivir. Cuando descubrí el libro de Patricia Esteban Erlés no sabía lo que me iba a encontrar. Uno a veces tiene ese tipo de sensaciones. Miré la portada – ilustrada maravillosamente por Sara Morante –, leí la contraportada, y supe en un instante que el libro iba a gustarme. Y lo hizo, no me equivoqué, como suele sucederme cuando ese pálpito hace acto de presencia y se queda por mucho tiempo. Así que me dispuse a leerlo, pero sucedió algo distinto, algo con lo que no contaba: las habitaciones, los lugares comunes que todos conocemos en nuestra vida diaria, supusieron una especie de falta de aire a medida que los relatos aquí contenidos iban apareciendo. Puede que no estuviera preparado para ese golpe, o que simplemente ver ese lado negro y fantástico de la vida sea tan real, tan paradójico por verdadero, tan irresistible como un ataúd abierto al que nos acercamos con recelo, que mi cuerpo no aceptó en un primer momento esa sensación de satisfacción y ligereza que daba estar leyéndolo. Así que paré, despejé mi mente para poder seguir metiéndome de lleno en él, y después descubrí que no sólo no quería que acabase, sino que además, necesitaba más de una autora que no conocía y que quería seguir conociendo.

Pensar suele ser lo mismo que caminar por una habitación en la que somos capaces de describir todo aquello que sucede o que – como videntes absurdos que somos – va a suceder. Casa de muñecas nos hace vivir esa sensación de movimientos entre pasados, presentes y futuros, mientras la muerte, la sombría existencia, el color de la sangre reseca, las muñecas que nos miran desde las diminutas ventanas, o las frases cortas y que aprisionan almas, aparecen como en un baile que se deduce macabro, que se acompaña de ilustraciones que para mí las quisiera, en una suerte de escrito en el que Patricia Esteban Erlés es el bisturí, la herramienta que corta la carne, enseñándonosla, describiendo aquellos movimientos en los que el corazón invierte su tiempo para darnos vida, o para quitárnosla, pero en cualquier caso, para comprender que si no hubiera existido nunca ella, la autora digo, tendríamos que haberla inventado, creado para el disfrute de lo que pienso que deben ser muchos en un espacio, el literario, repleto de la muerte y la pasión que se traducen, no sólo en palabras, sino también en las imágenes de una Sara Morante a la que sigo desde ya, desde este humilde sitio protegido, por si las moscas, de una pantalla de ordenador que me aprovisiona – y aprisiona – de lo mejor y lo peor que encerramos en nosotros mismos.

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