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El mago de Auschwitz, de Kathy Kacer y Gillian Newland

El mago de Auschwitz

El mago de Auschwitz

Salvo aquéllos que prefieren dejar esos asuntos en manos de la escuela, todo padre sabe que, en algún momento, tiene que hablarle a su hijo acerca de los pajaritos y las abejas. En una sociedad como la actual, donde el sexo es ubicuo, es importante tratar este asunto con franqueza y naturalidad. Pero los padres tenemos también otra decisión mucho menos sencilla y, lamentablemente, en este mundo en que les ha tocado vivir, cada día más ineludible: ¿cuándo les revelamos a nuestros hijos el lado más monstruoso del ser humano? Y sobre todo, ¿cómo lo hacemos?

 El mago de Auschwitz, que afronta este problema de una forma sincera y, algo muy importante, nada traumática para los niños, se abre con estas líneas:

 Érase una vez un mago llamado Nivelli, un artista que había actuado ante le gran público en los teatros más famosos de Berlín. Noche tras noche, sus admiradores le aplaudían y gritaban pidiendo más trucos maravillosos de magia. “¡Bravo!”, gritaban, mientras Nivelli se inclinaba con grandes florituras.

Pero eran otros tiempos, otros días felices antes de que los judíos de Europa fueran detenidos y enviados a campos de concentración.

 Quizá en ese momento el niño lector se pregunte ¿qué es un campo de concentración? La respuesta se la darán, al pasar la página, los rostros miserables con uniforme a rayas que lo contemplan, hacinados en las interminables filas de literas de un lúgubre barracón. Nuestro lector descubre entonces que un campo de concentración es un lugar donde ya no sabemos si tenemos familia, donde te tatúan un número en el brazo, donde otro prisionero te puede robar el trozo de pan reseco que guardabas, y donde cada día es una lucha por sobrevivir. Pero cuando los guardias entran una noche en el barracón y le ordenan a Levin, su compañero de litera, que baje y los entretenga, descubre que también en Auschwitz la magia es posible.

 Hay en El mago de Auschwitz un eco de Sheherezade. Sin embargo, del mismo modo que ésta no contó mil y una historias por el placer de oír su propia voz, la magia de Levin no es un juego, sino el modo de vivir un día más. Y por eso, nuestro mago decide compartir uno de sus trucos con Werner, el muchacho a través de cuyos ojos visitamos el campo de concentración. Porque uno nunca sabe cuándo la magia te salvará la vida.

Las ilustraciones de Gillian Newland, tristes, sombrías, y en las que, al mismo tiempo, se entrevé un atisbo de esperanza, se complementan a la perfección con el texto de Kathy Kacer, hija de supervivientes de la Shoah. Esta sencilla y conmovedora historia no es fruto de la ficción de Kacer, sino que está basada en la increíble historia que unió, separó y, años más tarde, volvió a unir las vidas de Werner Reich y Nivelli el Mago. A modo de epílogo, el libro nos presenta a los personajes reales y, pensando en ese niño que todavía se estará preguntando por qué, deja para la última página la imposible explicación de la solución final. Quizá El mago de Auschwitz debería ser de lectura obligada en las escuelas.

 

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