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Huellas

Huellas

Huellas, de Ida Fink

HuellasVeinte relatos construidos a base de detalles cotidianos.  Veinte huellas dejadas por el Holocausto en personajes tan cercanos, a pesar de la distancia y el tiempo, que es difícil no identificarse con ellos.

 

Todas estas llagas, hinchazones y heridas
que tus ojos redondos miran hipnotizados
son durísimos golpes, son botas en la cara
demasiado dolor para que te lo oculte,
demasiado suplicio para que se me borre.

Pablo Milanés
“Hombre preso que mira a su hijo”

Una huella ―una pisada en la arena de la playa, la hierba húmeda del prado suavemente aplastada― es algo sugerente y lleno de misterio.  El pie, que no es precisamente la parte más bonita del cuerpo humano, deja unas hermosas impresiones allá por donde pisa, un rastro que uno siempre está tentado de seguir.

Sin embargo, cuando hablamos de las huellas que dejan en nosotros los acontecimientos del pasado casi siempre nos referimos a sucesos dramáticos; los recuerdos agradables acarician la memoria, los traumáticos dejan huellas en ella.

Huellas como cicatrices.

Huellas de botas militares ―botas en la cara―.  Huellas rojas de sangre en la nieve.  La huella visible en la piel del número de prisionero en el campo de concentración, o la invisible, pero no menos dolorosa e indeleble, que deja el brazalete con la estrella de David.

Los veinte relatos que Ida Fink recoge en este volumen están hollados por la barbarie.  Veinte historias de antes, durante y después del Holocausto narrados con la voz aterrorizada ―y en muchas ocasiones incrédula― de personajes comunes atrapados en una pesadilla colectiva, personajes que nos muestran las huellas que en sus vidas sencillas dejaron la persecución y el terror.

No todas las víctimas del Holocausto pasaron por campos de concentración, no todas murieron en las cámaras de gas: millones de personas sufrieron el espanto de ver a sus vecinos convertidos en satisfechos verdugos, la desesperación del encierro, el miedo durante los pogromos, la incertidumbre, la pérdida, el exilio, la renuncia a un futuro…

A Julia y a Szymon no le expatriaron, en cambio Henio fue enviado a Siberia en primavera.  Aún tuvieron tiempo para llevarle a la estación un saco de pan seco.

―Se perderá allí, es… torpe como un niño ―se lamentaba Julia.

―Aún le envidiaremos ―contestó Szymon, y más tarde Julia citaría a menudo sus palabras.

Resulta difícil, por mucho que uno lea sobre el tema, hacerse cargo del horror que se oculta tras esas sencillas palabras: esas personas saben que terminarán por envidiar a los que murieron rápido en un campo de trabajo nazi o soviético, porque llega un punto en el que uno se da cuenta de que no importa lo crueles que puedan llegar a ser las personas, siempre serán capaces de superarse.  En el verano de 1941 los alemanes entran en la ciudad donde vive Ida Fink, en Ucrania.  Su fama les precede; desde hace años los judíos escuchan con espanto las historias que les cuentan familiares que viven en Alemania.  En agradecimiento por su calurosa bienvenida, las autoridades nazis obsequian a los ciudadanos ucranianos con tres días de libertad absoluta, que estos aprovechan para masacrar a los que hasta el día anterior eran sus vecinos.  Después del pogromo llegan las leyes raciales nazis, las humillaciones, las deportaciones, las desapariciones…  Y terminada la guerra, es necesario conservar la memoria de las víctimas conviviendo cada día con los verdugos, de nuevo convertidos en buenos vecinos.  Demasiado dolor para que te lo oculte.  ¿Quién podría borrar tantas huellas?

Zygmunt finalizó la primera parte, esperó a que se apagara el último sonido (era un perfeccionista) y, en vez de retomar el calmado acorde en mi mayor que daba inicio a la segunda parte, tal como era de esperar, dijo:

―¿Sabes?  Allí nos pegan terriblemente.

Lo comprendí pasado un instante, sin saber qué contestar.  El miedo se apoderó de mí.

Terriblemente ―repitió―.  Nos dan patadas.  Mira…

Se desabrochó la camisa a la altura del pecho.  En la penumbra poco pude apreciar, me acordé de su cara.

―Entonces, ¿por qué sigues yendo?

Ya sea en forma de recuerdos, conversaciones familiares o breves obras de teatro, las veinte huellas de Ida Fink forman un rastro que conduce al espanto cotidiano, a los sueños perdidos de unas vidas marcadas por el odio y la violencia.  Huellas desprovistas de tragedia ―incluso, en ocasiones, llenas de un depurado lirismo que deja en el corazón del lector una marca más profunda que el dramatismo descarnado que el tema parece reclamar―.

Este año tampoco había capuchinas.  Despojada de los visillos y las flores, la fachada de la casa tenía un aspecto inusual y lamentable.  Incluso esos detalles tan pequeños parecían probar que habían llegado tiempos extraños.

A través de pequeños detalles y de anécdotas aparentemente intrascendentes Fink, como ya hiciera Chéjov en sus cuentos, va dando textura a situaciones y personajes sin necesidad de contar demasiado, buscando la complicidad del lector, hasta construir un universo, una mínima burbuja que contiene los sentimientos y vivencias de aquellos que sufrieron la barbarie, una cápsula siempre a punto de explotar y desaparecer para siempre sin dejar más huella que estos breves relatos.

Javier BR
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Ficha técnica

Título:  Huellas (Slady, 1996)
Autor:  Ida Fink
Traducción: Elżbieta Bortkiewick
Editorial:  Errata Naturae, 2012
Páginas:  240
ISBN:  9788415217299

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