
Chéjov comentado, de Antón Pavlovich Chéjov

Sentado como cada tarde en el jardín de aquella casa triste de provincias, el anciano Akim Efímovich dejaba pasar las horas abrazado a un pequeño libro cerrado del que jamás se separaba, pero que ya nunca abría dado lo avanzado de su pérdida de visión. Sin embargo le hacía compañía y, a diferencia de todo lo demás que se la había hecho en el pasado, no le había abandonado. Pasaba las tardes abrazado a su libro cerrado y mirando todas las cosas que ya no estaban, miraba las alegres reuniones, las partidas de cartas, el samovar, los partidos de lawn tennis, en fin, la vida que había en el jardín cuando el jardín estaba vivo y le visitaba alguien más que Iván Antonovich, el anciano médico que cada tarde pasaba por allí y, sentado en el tocón del cerezo que hacía las veces de lápida y notario de la difunta alegría de otros tiempos, demostraba que la edad había despojado su concepto de la compañía de todo accesorio diferente del vodka.
Marfa, la doncella, tenía la tarde libre, de forma que en aquel lugar donde se veían cosas invisibles, no hubo nadie que viera lo visible, el brazo inerte caído a un lado de la silla, el libro en el suelo, la desgracia que anunció la tormenta ni la segunda muerte que provocó el agua en las hojas abiertas por las que se escapó con la corriente el último latido de aquellos recuerdos.