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La muñeca de Kokoschka

La muñeca de Kokoschka, de Afonso Cruz

la-muñeca-de-kokoschkaLos pájaros estaban mudos. Todos callados en sus jaulas.
̶ Los pájaros están estropeados  ̶  dijo Bonifaz Vogel.
̶ No se puede cantar cuando el mundo está deshecho en cenizas  ̶  dijo la voz. Nadie querrá comprar pájaros que cantan en silencio.
̶  Tiene toda la razón, señor Vogel, pero ¿qué podemos hacer?
̶  Yo sé algunas canciones. Es preciso enseñar a cantar a los pájaros de nuevo.

Eso dice Bonifaz Vogel, uno de los personajes de La muñeca de Kokoschka y sospecho que eso hace Afonso Cruz. Enseñar a los pájaros a cantar de nuevo en un mundo en el que el ruido de las bombas, el ruido en general, no los ha dejado afónicos, pero sí sin música. Y esta novela es toda una partitura frente a la barbarie que reconforta mucho tararear.

La mirada de Afonso Cruz es muy particular, una mirada que no regatea el dolor pero que lo plasma con una sensibilidad extraordinaria y con una capacidad para construir imágenes hermosas que trasciende a lo que cuenta. Uno es muy sensible a aquellos escenarios que conoce literariamente, recordar los lugares que me emocionaron es emocionante en sí mismo. Por eso, revisitar el Dresde bombardeado que hace años me impactara de la mano de Kurt Vonnegut y hacerlo de la mano de un guía tan poético como Afonso Cruz me ha resultado especialmente gratificante. Aunque los valores literarios de La muñeca de Kokoschka hubiesen bastado por sí mismos para lograrlo.

Cuando Dios creó el pájaro, el cielo se hizo evidente

Hay todo un compendio de personajes diferentes en esta obra, personajes que se sitúan en los límites de lo convencional, que los desbordan, personas en las que la huella de la guerra deja una marca indeleble que l tiempo los devasta, les hace impensable la convivencia con la normalidad, y al tiempo los hace grandes. Muy grandes. Porque con todas sus rémoras y sus limitaciones, los personajes de La muñeca de Kokoschka regalan lecciones de vida con la generosidad de quienes previamente la han comprendido o la han sabido incomprensible.

 ̶  Los pájaros comen semillas  ̶  dijo Bonifaz Vogel cuando entro en la cocina  ̶  . No entiendo por qué no les crecen árboles dentro.
̶  Creo que los vegetales necesitan luz para crecer y dentro de los pájaros está muy oscuro. Dentro de los hombres está más oscuro todavía.
̶  Cuando cierro los ojos, veo luces. Si está oscuro, ¿de dónde vienen las luces? Cuando sueño todo está iluminado, si no no se vería nada. ¿De dónde viene esa luz, Isaac, de dónde viene esa luz?

La muñeca de Kokoschka está llena de esa luz que no sirve para hacer crecer plantas en el estómago, pero sí sirve para iluminar los sueños. Esa luz que desprende toda buena obra, toda buena caricia, todo momento hermoso. Esa luz que tan a menudo nos negamos. Este de Afonso Cruz es un libro más duro que áspero, es un libro sobre la guerra pero que reconcilia con l vida. La primera parte, para mi inseparable de un sonido que probablemente haya que tener algo de poeta para escuchar o para comprender, el sonido casi inaudible de la cabeza de su mejor amigo, Pearlman, resbalando de su bota derecha y golpeando en el suelo. Un sonido que se quedó atrapado para siempre en la pierna de Isaac haciéndole arrastrar el pie derecho toda la vida por el peso de esa cabeza lejana. Pero hay muchos más sonidos y muchas más músicas en esta primera parte, tantos que cuesta desprenderse de ellos y avanzar en la historia. Si aparece la tentación de la relectura antes aun de terminar es que se trata de una buena historia, ¿verdad?

Estoy siempre en uno de estos tres sitios, son mi manera de manifestarme uno y trino, sólo que, en vez de estar al mismo tiempo, soy más metódico que Dios: nunca estoy en más de un sitio al mismo tiempo. No es tan práctico para tener reuniones, pero me permite estar más concentrado. Dios se dispersa mucho.

Hay en este libro ideas tan luminosas como la del personaje que por toda oración susurra el alfabeto. Dado que la experiencia demuestra que Dios no acata sino que interpreta las plegarias que le llegan obrando después según su libre voluntad, a él y al orante les facilita mucho la tarea enunciar únicamente el abecedario. Por otro lado reunir los deseos, temores y voluntades de hombres y dioses en ese conjunto de letras me parece todo un homenaje a la literatura, el lugar donde están todas las palabras. T que luego los dioses o los lectores las ordenen como consideren.

Tenía la cara antigua de quien ha vivido tanto como sus años, las cejas encanecidas por la tristeza, la barba sucia y el ceño fruncido.

La historia se complica, llegado un punto Afonso Cruz convierte La muñeca de Kokoschka en un laberinto en el que las diferentes historias se entrecruzan, se enmarañan al tiempo que se clarifican y en cualquier caso poco a poco cobran sentido. Uno nunca se siente como Adele Varga, otro de los personajes, “como un pájaro ligeramente expulsado de su jaula”. El lector, en esta historia, siempre se siente dentro de ella, como un pájaro que recobra la música. Se trata además de un lugar acogedor, un libro bellamente editado con unas ilustraciones muy hermosas y en el que todo, desde los títulos a la estructura, invita al lector exigente a disfrutar. Incluidas las conexiones con la realidad. Óscar Kokoschka fue un pintor real y parte de la historia que sustenta al libro no lo es menos. Les invito a hacer como yo y a investigar al tiempo que leen. Es un verdadero placer.

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El párrafo original de Afonso Cruz que incluyo al final de la reseña no habla de la literatura, pero sí. Sí lo hace en el sentido de que tiene algo en común con la búsqueda de la tierra prometida de la que ése texto habla. Es la búsqueda, el camino, lo que verdaderamente importa y no tanto el destino. La muñeca de Kokoschka es un libro para disfrutar, para perderse dentro, para pensarlo y para entrever entre sus páginas aquello que, lamentablemente, fuera de ellas generalmente se busca en vano. Un libro para leer durante cuarenta años.

¿Por qué Moisés tardó cuarenta años en atravesar una región que se puede atravesar en una semana? Porque la Tierra Prometida no era un lugar en el espacio y Moisés quería hacerles entender que la Tierra Prometida es un camino, es una tierra que está dónde hay un hombre que la desea. Los hebreos al caminar llevaban la Tierra dentro de sí, ellos eran la Tierra, deambulando por el desierto. Pero no lo comprendieron y, al cabo de cuarenta años, Moisés desistió. Decidió darles una tierra que no era la Tierra Prometida, pues esta está donde están los hombres y no en un mapa o en un punto geográfico. Por eso el Eterno quiso que Moisés muriera antes de pisar esa tierra. Era el último mensaje para el pueblo: esa Tierra sólo se pisa con el alma, no con los pies. Moisés fue el único en pisar la Tierra verdadera, los otros pisaban una ilusión.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

 

 

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