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Maggie Cassidy, de Jack Kerouac

Maggie Cassidy

Maggie CassidyTengo que coger aire para hablar de Kerouac. Inspira. Todo el aire del mundo entra en mis pulmones. Espira. A ver, como os lo diría yo… Kerouac es, sencillamente, la leche. Cualquier escritor que se precie debe leer a Kerouac para saber qué es la literatura con todas sus letras, sus sílabas y sus significados. Kerouac debería ser lectura obligatoria. Si existiera un Olimpo divino Kerouac estaría allí. Si existiera el cielo, Kerouac estaría abriendo las puertas. Y si existiera el infierno, muy probablemente, Kerouac estaría allí, echando una partida de cartas con Allen Ginsberg.

Dejadme que os hable de Maggie Cassidy. Este libro, de apenas 189 páginas, ha sido publicado recientemente por la editorial Contra. También la editorial Contra tiene todos mis respetos. Sus ediciones son verdaderas joyas, que cuentan con el mimo y el esmero que los libros se merecen. Esta edición corresponde a la edición original de 1959, de la que fue omitido un pasaje en las posteriores ediciones por ser considerado, oh sorpresa, de mal gusto. Menos mal que estas cosas ya no ocurren (¿o sí?). En cualquier caso, os diré que no es para tanto, pero claro, ya se sabe.

Maggie Cassidy es una novela autobiográfica. Maggie Cassidy (o Mary Carney en la realidad) es también el nombre del primer amor de Jack Duluoz, quien es ni más ni menos que el propio Jack Kerouac en la ficción. Autobiografía con nombres fingidos, no vaya yo a liaros.

En esta novela, Kerouac nos habla de su juventud en Lowell bajo la atenta mirada de Duluoz, un joven atleta que vive con su familia y que ocupa su tiempo entre sus amigos, el instituto y los entrenamientos. Pero todo esto cambiará cuando la Nochevieja de 1939 conozca en un baile a Maggie Cassidy. Desde entonces, el motor que haga girar su pequeño mundo adolescente será el amor, el amor que esa chica morena y vivaz ha despertado en él. Se trata del primer amor, ya saben, una montaña rusa de hormonas, locura, desdenes, celos, ansias y demás sentimientos todos mezclados. Si no, no sería el primero. Duluoz, quien entonces pasaba alegremente el rato con sus amigos, una pandilla de lo más variopinta y cómica, y a quien lo único que le importaba era correr, divertirse y su familia, cae irremediablemente en las fauces del amor. Y entonces todo gira en torno a Maggie Cassidy, sus escapadas para encontrarse con ella en el porche de su casa (aunque fueran las dos de la mañana, aunque tuviera que recorrer kilómetros andando, aunque nevara, aunque su padre le pidiera ir con él a jugar a los bolos). El primer amor es casi destructivo, pero no dista mucho de lo que puedan sentir los adultos. Lo que pasa es que cuando crecemos vamos aprendiendo a calmar el torbellino. No sé si eso es bueno o malo, supongo que simplemente es.

Lo que hace a esta novela tan especial es el sello de Jack Kerouac: pura magia. También vais a necesitar coger mucho aire para leer a Kerouac, porque su prosa es rápida y se salta todas las reglas convencionales sobre la sintaxis. Es como ir cabalgando sin riendas, rápido, muy rápido, hasta que el mismo Kerouac te dice “¡sooo, para, amigo!” y tú entonces obedeces dócilmente y te das cuenta de que el párrafo que acabas de cabalgar es pura genialidad. Y se te escapa un “¡qué cabrón!” (yo es que soy muy malhablada) y te quedas con la boca abierta. Así es el gran Jack Kerouac, o al menos así es como a mí me hace sentir. Sus descripciones y estilo me han dejado atontada. Me daban ganas de irme a un rincón a llorar meciéndome mientras musito “yo nunca escribiré tan bien como él”. Pero tranquilos, no todos podemos ser Jack Kerouac. Eso sí, podemos y debemos aprender mucho de él.

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